Viaje al fondo del infierno. Una historia real.

El sindrome abstinencial de la heroína es un
juego de niños comparado con el de las
drogas psiquiátricas.

Esta es la historia de una lección que aprendí de la forma más dura. La escribo con la esperanza de que sea un testimonio que sirva para alertar a otros y para ayudar a los que se encuentran en problemas.

Hace un poco más de 4 años, mi mamá estaba mal.

Se sentía triste, sin fuerzas, un poco defraudada por la vida, y decidió buscar ayuda. Llevaba algunos años teniendo problemas para dormir, pero en el último, el problema se había vuelto insoportable. Se sentía aliviada los días que lograba conciliar el sueño un par de horas, porque había noches que pasaba completamente en vela.

Un día me dijo que estaba realmente preocupada por sus emociones, que no le estaba encontrando mayor atractivo a sus días y que no quería sentirse más así porque tenía miedo de que llegara el día en el que no quisiera levantarse de la cama.

Buscando alternativas mi mamá llegó a las manos de uno de los mejores psiquiatras de Colombia.

El desequilibrio químico

De su primera cita volvió diciendo que el Doctor le había dicho que no tenía por qué preocuparse. Estaba deprimida y eso era el resultado de algunas condiciones desafortunadas que se habían sumado a un desequilibrio químico que tenía en el cerebro.

Según su diagnóstico, mi mamá no producía la suficiente cantidad de serotonina, un neurotransmisor necesario para tener el equilibrio químico que elimina el desasosiego y la tristeza de la vida.

La solución estaba al alcance de la farmacia más cercana: una pastilla de Prozac y una de Xanax al día eran todo lo que se necesitaba para restablecer el desbalanceado equilibrio.

Sonaba sensato, por lo que mi mamá y todos en la familia creímos en el diagnóstico del eminente médico.

El tratamiento de pastillas empezó acompañado de un par de sesiones psicoanalíticas a la semana. Con las pastillas volvió a dormir y con eso la mejoría empezó a ser notable. Estaba más tranquila, más relajada, se sentía más feliz.

Fueron unos 4 meses maravillosos; en mucho tiempo yo no la había visto tan feliz. Finalmente mis papás se fueron de viaje por varias semanas y, en el paseo, mi mamá se sintió tan bien que decidió dejar de tomarse las pastillas.

También decidió interrumpir sus sesiones con el psiquiatra.

Al poco tiempo su comportamiento empezó a cambiar. Estaba furiosa, se irritaba sin razón, me hablaba mal por las cosas más insignificantes; estaba perdiendo su ecuanimidad y su paciencia. El insomnio volvió otra vez y un día me contó que llevaba unas 6 semanas sin tomarse las pastillas y que había dejado de ir al psiquiatra.

Yo había oído que dejar de tajo las drogas psiquiátricas era un error grave y que podía generar problemas serios, por lo que la presioné para que volviera al médico.

He tenido suficiente tiempo para arrepentirme por haber intervenido de esa forma.

Lo que pasó después no se lo deseo a nadie.

Bienvenida al infierno

El psiquiatra le dijo que estaba en desacuerdo con la forma en la que había actuado, que no había ninguna razón para detener el tratamiento y que ahora debía redoblar esfuerzos para devolverla a su situación inicial.

Le dobló las dosis de los medicamentos.

A partir de ahí empezó una espiral que nadie supo interpretar y que por poco acaba con nuestra familia.

Mi mamá se pasaba el día durmiendo, nunca quería hacer nada y cada vez tenía más problemas de memoria. ¿Dónde había dejado sus gafas? ¿Dónde estaba el sudoku que estaba llenando hace poco? ¿Se había tomado las pastillas? ¿Ya había almorzado? Se convirtió en otra persona, un ser irreconocible.

¿Dónde estaba esa mujer vibrante e inteligente, capaz de solucionar los problemas más confusos, capaz de enfrentarse al mundo entero de ser necesario, capaz de afrontar cualquier reto, de encontrar alternativas, de encontrar soluciones donde nadie más las veía? ¿Qué había pasado con ese espíritu amoroso que me había reconfortado en los momentos más difíciles, que con sus sabias palabras era capaz de devolverme la entereza y la armonía, que durante tantos años me había mostrado el poder del amor, la fuerza de las ganas, la magia de un abrazo?

De las citas con el psiquiatra llegaba destrozada. Lloraba sin parar, y en sus ojos se dibujaba un dolor que era difícil de imaginar pero que me ponía la piel de gallina.

Varias noches mi novio y mis amigos tuvieron que soportar mis llantos, momentos en los que escondía mi cabeza en las rodillas repitiendo insistentemente “no sé qué hacer”, “no sé qué hacer”.

Pasé noches sin dormir devanándome el cerebro, tratando de encontrar la forma de que mi mamá volviera a ser feliz, de que sus recuerdos y fantasmas la dejaran en paz, de encontrar el modo para demostrarle que la vida no era ese escenario de dolor y sufrimiento en el que se había sumergido y del que no podía encontrar la salida.

Era frustrante no poder hacerle ver cuán maravillosa era nuestra vida gracias a ella.

De repente decidió que quería irse de la casa. Se encerraba por horas en su cuarto en las que mi empleada me llamaba desesperada diciendo que no sabía qué hacer. Mi hermanita lloraba en la puerta, dando golpes, suplicándole que la dejara entrar, que por favor le abriera.

Un día empacó una maleta y fue la valentía de mi empleada la que impidió que saliera, quién sabe a hacer qué. Trataba de convencernos de que nuestra vida estaría mejor si ella se alejaba de nosotros.

Fue la peor de las pesadillas. Yo nunca estaba tranquila, me daba miedo dejarla sola, cada vez que salía a trabajar me iba esperando lo peor.

Lentamente sentía que mi corazón se estaba partiendo y que la angustia se iba apoderando de él, dejando pocas avenidas de escape, desmembrando la felicidad y el optimismo.

Si yo me sentía así, ¿cómo se debía sentir ella? Era un verdadero infierno, ardiente y sofocante, una niebla sin fin que carcomía poco a poco mi cordura, y la de toda nuestra familia.

Para completar, mi mamá empezó a tomar decisiones equivocadas.

La medicación psiquiátrica empañó de tal forma su criterio y sano juicio que llegó a poner en riesgo la estabilidad económica de nuestra familia. Era inexplicable. Una mujer que siempre había sobresalido por sus habilidades numéricas y financieras, ahorrativa y sagaz en los negocios, estuvo a punto de llevarnos a la bancarrota. Pero en ese momento la plata era el último de nuestros problemas.

Nace una esperanza

Unos meses antes mi novio me había propuesto matrimonio.

Yo siempre había dicho que no quería casarme, que el matrimonio significaba poco para mí porque me oponía a la iglesia y las leyes de los hombres me parecían tanto o más ofensivas. Sin embargo, quería hacer una ceremonia especial para celebrar el amor, algo muy pequeño pero significativo.

Un día, hablando sobre las posibilidades para el “matrimonio” dije que tal vez quería hacer una fiesta. A mi mamá se le iluminaron los ojos.

En ese momento supe que, independientemente de lo que yo pensara o hubiera creído sobre las fiestas matrimoniales, si eso era lo que se necesitaba para alegrarle la vida a mi mamá, estaba dispuesta a sacrificarme.

Empezaron los preparativos. Mi matrimonio la llenó de fuerza, tal vez porque a través de mi, tendría la fiesta con la que había soñado y no había podido tener. Empezó a hacer dieta, a preocuparse otra vez por su apariencia, a salir de la casa para visitar hoteles, tiendas, orquestas, y todas las cosas que se le pueden meter a un matrimonio. Se fue de viaje a comprar mi vestido de novia. Tenía una nueva ilusión; una razón para levantarse por las mañanas y hacer lo humanamente posible para estar mejor consigo misma; una razón para soñar con un futuro. Entre ‘showers’, citas, eventos e invitaciones, pasaron unos meses en los que, aunque mi mamá no estaba bien, sí estaba mucho mejor.

Ante el trajín del momento, como necesitaba estar activa, sin proponérselo, fue reduciendo la dosis de sus pastillas y algunos días las tomaba y otros no.

Me casé con toda la pompa a la que siempre le había huido.

En ese entonces quería hacer un doctorado. Sabía que tendría que hacer una propuesta de investigación y, obsesionada como estaba —y sigo estando— con el tema de las drogas ilegales, decidí buscar qué era lo último que se había publicado sobre el tema.

Investigando, me topé con dos libros que inmediatamente llamaron mi atención: Anatomy of an Epidemic (Anatomía de una epidemia) de Robert Whitaker y The Emperor´s New Drugs. Exploding the Antidepressant Myth (Las nuevas drogas del emperador. Explotando el mito de los antidepresivos) de Irving Kirsch.

Empecé por el libro de Whitaker y, mientras leía, las lágrimas rodaron por mis mejillas. Uno a uno, en las historias del libro, reconocí todos los síntomas de mi mamá; todos esos terribles síntomas que el psiquiatra había atribuido a su “enfermedad” no eran más que los efectos de los antidepresivos.

Qué ironía, drogas que reciben el nombre de antidepresivos tienen la facultad de desgarrar el alma de los que buscan ayuda, de llevar al que los toma al círculo más profundo del infierno, de destruir el cerebro y obnubilar la conciencia, al punto que quien los toma pierde la capacidad de analizar lo que le está pasando y, simplemente, siente dolor, angustia y nerviosismo.

Con ese libro —y con la larga investigación que hice en los meses posteriores y que todavía sigo haciendo— descubrí el gran fraude con el que el Prozac había salido al mercado; las falsificaciones en los estudios; los suicidios y las muertes sin sentido de personas saludables que habían participado en esos estudios con tal de ganarse unos pesos de más; los daños irreparables que le habían generado a tantas, tantísimas personas; las múltiples demandas contra Ely Lilly and Company (el productor del Prozac); la complicidad de la FDA; los elevados márgenes de ganancias que esas drogas representan para la industria farmacéutica; la farsa que es la teoría del desequilibrio químico —indefendible científicamente—, y varias cosas más que me convencieron de que la mala práctica se ha apoderado de lo que hoy conocemos como psiquiatría (y de la medicina en general, pero esa es otra historia).

Corrí a contarle a mi mamá lo que había descubierto.

Mientras hablábamos ella lloraba —agradecida por descubrir que no estaba loca, que no había sido su alma la que la había ahogado en un abismo negro, que no había sido ella sino el efecto del embotamiento de las drogas lo que la había llevado a recorrer esos caminos turbios, perversos y desoladores.

Pero también lloraba de rabia, de dolor y de incredulidad al comprender que la persona a la que buscó para encontrar ayuda, lejos de ayudarla, la había iniciado en una senda de la cual salir sería todo un reto.

Un reto que incluiría nuevas noches sin dormir acompañadas de nuevos miedos, depresión, intolerables angustias, ataques y otros momentos difíciles y desgarradores.

Asustada por lo que yo le había dicho decidió dejar de tomarse las drogas de una vez.

A pesar de que se recomienda ir reduciendo las dosis de manera gradual, un 10% a la semana para darle espacio al cerebro para reajustarse, el miedo a seguir intoxicándose fue superior en ella y las dejó de una vez y para siempre.

Otro error grave, sin duda, pero lo cierto es que aunque hay algunas guías y recomendaciones para dejar las drogas psiquiátricas, nadie sabe a ciencia cierta cuál es la mejor forma de hacerlo. Sin embargo, interrumpirlas abruptamente es una forma muy peligrosa de descontinuarlas porque puede poner en riesgo la vida del ya habituado.

De vuelta a la vida

El proceso de desintoxicación no fue fácil.

El síndrome abstinencial de la heroína es un juego de niños comparado con el de las drogas psiquiátricas.

Cada organismo es diferente y cada sustancia incide de una manera particular en cada persona, pero, en términos generales, bastan unas pocas semanas de uso continuo para que los cambios metabólicos impidan suspender tranquilamente el uso de las drogas psiquiátricas.

Por unas pocas semanas de paz, que no son más que un poderoso efecto placebo acompañado de un gradual embotamiento mental, se paga un precio demasiado alto.

El psiquiatra nunca le advirtió a mi mamá que las drogas que le estaba recetando podían tener algún efecto indeseable. Simplemente, a medida que los problemas de ella aumentaban, él le aumentaba la dosis de antidepresivos y ansiolíticos, y se hacía más hondo y corrosivo el terror que la asfixiaba.

Con las dosis también escalaban la incomprensión, la ansiedad, la soledad y el pesimismo.

Con cada pastilla se acrecentaban los motivos por los que decidió buscar ayuda, con la diferencia de que, ahora, su mente estaba empañada, se le escapaba y actuaba en su contra.

Después de que suspendió las drogas psiquiátricas, poco a poco fue recuperándose.

Lentamente volvieron a ella todas las cualidades y defectos por los que la idolatro, por los que nunca dejaré de estar agradecida con la vida por haberme dado el infinito privilegio de tener una madre como la que tengo.

Día a día, y con mucho esfuerzo, superamos las crisis, los miedos y los residuos de las horas trastornadas. Una vez más, mi mamá me demostró que cuando la mente se deja libre para actuar, no hay nada que no pueda hacer, no hay obstáculo que no pueda superar. Una vez más me mostró lo que puede hacer un espíritu indomable.

Todavía tiemblo al recordar esos años.

Decidí contar esta historia, dolorosa y personal, porque es apabullante la cantidad de adultos y niños que son medicados todos los días con estas sustancias tan tóxicas, en dosis que no pueden sino calificarse como extremadamente peligrosas.

Lamentablemente, son demasiados los psiquiatras que ahora entienden el dolor y el sufrimiento como enfermedades, enfermedades que no existen y que no son más que etapas difíciles que atravesamos todas las personas que vivimos, unos más profundamente que otros, unos más frecuentemente que otros.

Muchas personas han sufrido traumas profundos a lo largo de su vida. Necesitamos dedicar todo nuestro esfuerzo, toda nuestra inteligencia, todas nuestras capacidades para ayudar efectivamente a los que necesitan desesperadamente esa ayuda.

Cuando los psiquiatras perciben los dolores del alma como desequilibrios químicos del cerebro, pierden la capacidad de empatizar con el dolor ajeno, de percibir la esencia de cada alma humana y de ayudar a los que acuden a ellos porque están cansados de vivir en el sopor de la tristeza, porque ansían vivir plenamente y no saben cómo, porque quieren saber si pueden hacer algo para alcanzar esa felicidad que añoran pero que no han sabido encontrar.

Las supuestas enfermedades mentales no son más que vanas conjeturas, meras etiquetas que han cobrado demasiadas víctimas.

Los antidepresivos no son para la persona depresiva como la insulina para el diabético. Son una cárcel que puede proporcionar un alivio temporal pero de la cual es muy difícil salir.

Es inaceptable la cantidad de personas que han visto su vida destruida porque la avaricia y ambición de algunos pocos, se suma a una propaganda constante que nutre la fe ciega en “los avances médicos y la ciencia” y paraliza las habilidades críticas de la población.

Sé que es difícil creer que lo que estoy escribiendo es cierto.

Dejo una lista de referencias para los que quieran investigar por sí mismos y darse cuenta del magistral engaño al que nos hemos sometido, pero, especialmente, para aquellos que estén teniendo que enfrentarse a los efectos de los antidepresivos, antipsicóticos, ansiolíticos, neurolépticos, metales (como el litio) y demás sustancias con las que los psiquiatras suelen experimentar en otros cuerpos.

Sólo me queda decir que espero que todos aquellos que están tristes, que tienen problemas o que están pasando por un infierno similar al que atravesó mi mamá, sepan que en su corazón, en su espíritu, en su mente, están todos los medios que necesitan para salir adelante.

Apóyense en sus familias y amigos, en todas las personas que los quieren, en sus propósitos, deseos y sueños, en las posibilidades infinitas de su mente.

Hagan ejercicio, busquen una dieta saludable.

Contar con ayuda psicológica profesional competente sería ideal, pero el problema es que escasea en nuestros días. Sin embargo, aunque la mayoría de profesionales comulga con el Manual diagnóstico y estadístico de los transtornos mentales y sus letales medicamentos, siempre existen excepciones; hay que saber encontrarlas.

Por último, no olviden que la voluntad todo lo puede, que el mundo está lleno de posibilidades y que si todavía no las han encontrado no deben rendirse, deben seguir buscándolas.


LIBROS SOBRE LA HISTORIA DE LAS DROGAS PSIQUIÁTRICAS Y LA PSIQUIATRÍA
 
BREGGIN, Peter, Toxic Psychiatry (Psiquiatría Tóxica).
 

BREGGIN, Peter, The Anti-Depressant Fact Book: What Your Doctor Won´t  Tell You About Prozac, Zoloft, Paxil, Celexa, and Luvox (El libro de datos sobre los antidepresivos: lo que su doctor no le dirá sobre el Prozac, Zoloft, Paxil, Celexa y Luvox)

BREEGIN, Peter, Medication Madness: The Role of Psychiatric Drugs in Cases of Violence, Suicide, and Crime. (Demencia en los medicamentos: el rol de las drogas psiquiátricas en casos de suicidio, violencia y crimen).

HEALY, David, Let Them Eat Prozac: the Unhealthy Relationship Between the Pharmaceutical Industry and Depression (Medicine, Culture and History) (Déjenlos comer Prozac: La insalubre relación entre la industria farmaceútica y la depresión (medicina, cultura e historia)).

KIRSCH, Irving, The Emperor´s New Drugs. Exploding the Antidepressant Myth. (Las nuevas drogas del emperador. Explotando el mito de los antidepresivos)

SZASZ, Thomas, The Myth of Mental Illness: Foundations for a Theory of Personal Conduct. (El mito de la enfermedad mental: fundamentos para una teoría de la conducta personal).

WHITAKER, Robert, Anatomy of an Epidemic: Magic Bullets, Psychiatric Drugs, and the Astonishing Rise of Mental Illnes in America (Anatomía de una epidemía: balas mágicas, drogas psiquiatricas y el asombroso incremento de las enfermedades mentales en América).

WHITAKER, Robert, Mad in America: Bad Science, Bad Medicine, and the Enduring Mistreatment of the Mentally Ill. (Loco en América: Mala ciencia, mala medicina y el duradero maltrato de los enfermos mentales).

 

LIBROS/GUÍAS PARA AYUDAR A DEJAR LAS DROGAS PSIQUÍATRICAS:

BREGGIN, Peter, Psychiatric Drug Withdrawal: A Guide for Prescribers, Therapists, Patients and their Families. (La retirada de las drogas psiquiátricas: una guia para prescriptores, terapeutas, pacientes y sus familias).

BREEGIN, Peter, Your Drug May Be Your Problem: How and Why to Stop Taking Psuchiatric Medication. (Tu droga puede ser tu problema: Cómo y por qué dejar de tomar medicamentos psiquiátricos)

THE ICARUS PROJECT Y FREEDOM CENTER, Discontinuación del uso de drogas psiquíatricas: Una guía basada en la reducción del daño. (EN ESPAÑOL)

 

RECURSOS EN LÍNEA:

www.ccharlatam.com Comisión de Ciudadanos en Defensa de los Derechos Humanos. (EN ESPAÑOL)

www.madinamerica.com

www.theicarusproject.net

www.breggin.com

davidhealy.org

Suscripción

Suscripción

Si te gusta lo que leiste, suscríbete para recibir los artículos en tu correo.
Adoro la privacidad y nunca revelaré tus datos.
Por favor agrega info@lapapeleta.com a tus contactos, para asegurarte de recibir los correos.
Muchas gracias por suscribirte.

Comentarios

Imagen de Gloria Cardenas

Había sido renuente a leer éste artículo, quizás por el temor que me generaba conocer de fondo ésa realidad tan dura y tenebrosa que vivió mi mas querida amiga. Hoy entiendo muchas cosas que, en su momento, me desconcertaban de su comportamiento, pues para mi también ella es de las personas que más admiro y que me inspiran como persona. Sólo puedo decir, gracias a Dios la pudimos recuperar!!!!!

Añadir nuevo comentario

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.