El otro mundo de la mente

"La entrada en otros niveles de conciencia siempre
implica un atrevimiento". Albert Hofmann

Albert Hofmann, el químico que descubrió el LSD, nos entregó la posibilidad de experimentar el universo con la emoción, el corazón y la razón al mismo tiempo.

Inesperadamente, encontró un camino químico a la iluminación, a la contemplación de lo divino. 

Hofmann era un amante apasionado de la vida que soñaba desde niño con saber qué se escondía detrás del mundo visible y descubrir qué componía la realidad “en la riqueza y variedades de sus aspectos y colores”(1).

Pensando que en la química encontraría las respuestas que anhelaba, en 1925 se matriculó en la Universidad de Zurich y cuatro años después entró como colaborador del Dr. Arthur Stoll a la empresa Sandoz de Basilea. 

Nace un nuevo placer

En 1931, un año antes de escribir Un mundo feliz, Aldous Huxley publicó Música en la noche, una colección de ensayos entre los que estaba “Se busca un nuevo placer”. Escribió: 

“Por lo que veo, el único placer nuevo posible de veras viable, sería el que derivase de la invención de una nueva droga(…) Si pudiera esnifar o ingerir algo que, durante 5 ó 6 horas al día, aboliera nuestra soledad, algo que nos pusiera en sintonía con nuestros semejantes, en una resplandeciente exaltación de los efectos, y que diera a la vida en todas su facetas la sensación, no ya de que vale la pena vivirla, si no de que es algo de una belleza divina, algo cargado de sentido. Y si esa droga celestial, capaz de transfigurar el mundo mismo, fuera de tal índole que pudiéramos despertar a la mañana siguiente con la cabeza despejada y nuestra constitución física indemne(…) la Tierra sería el paraíso”.  

Mientras tanto, Hofmann siguió con las investigaciones sobre los alcaloides del cornezuelo de centeno que había empezado Stoll (quien en 1918 aisló la ergotamina). Descubrió sustancias capaces de prevenir las hemorragias postparto.

En 1938 sintetizó el tartrato de la dietilamida del ácido lisérgico y lo llamó LSD-25. Aunque se hicieron algunas pruebas, la droga no despertó el interés ni de los farmacólogos ni de los médicos de Sandoz y fue descartada. 

Sin embargo, un presentimiento impidió que Hofmann olvidara la sustancia y cinco años después decidió volver a crearla.

Al repetir la síntesis, lo invadieron sensaciones tan extrañas que lo obligaron a irse a su casa.

Escribió en el informe para el profesor Stoll: 

“El viernes pasado, 16 de abril de 1943, tuve que interrumpir a media tarde mi trabajo en el laboratorio y marcharme a casa, pues me asaltó una extraña intranquilidad, acompañada de una ligera sensación de mareo. En casa me acosté y caí en un estado de embriaguez no desagradable, que se caracterizó por una fantasía sumamente animada. En un estado de semipenumbra y con los ojos cerrados (la luz del día me resultaba desagradablemente chillona) me penetraban sin cesar unas imágenes fantásticas de una plasticidad extraordinaria y con un juego de colores intenso, caleidoscópico. Unas dos horas después este estado desapareció”(2). 

Tres días después hizo un autoensayo supervisado en el que –con una dosis de 0.25 mg— experimentó las singulares propiedades del LSD en espíritu propio. 

Este autoensayo mostró que el LSD-25 era una sustancia psicoactiva con propiedades extraordinarias. Que yo sepa, no se conocía aún ninguna sustancia que con una dosis tan baja provocara efectos psíquicos tan profundos y generara cambios tan dramáticos en la experiencia del mundo externo e interno y en la conciencia humana… Además, durante todo el tiempo del ensayo había sido conciente de estar en medio del experimento, sin que, sin embargo, hubiera podido espantar el mundo del LSD a partir del reconocimiento de mi situación y por más que esforzara mi voluntad. Lo vivía, en su realidad terrorífica, como totalmente real, aterradora, porque la imagen de la otra, la familiar realidad cotidiana, había sido plenamente conservada en la conciencia” (3).

El informe que Hofmann entregó a Stoll y Rothlin –el director de la sección farmacológica de Sandoz— era aterrador y deslumbrante al mismo tiempo.

Rothlin, incrédulo y estupefacto, repitió el ensayo con dos de sus colaboradores.

Todas sus dudas quedaron disipadas. 

Los testimonios de los viajes

Después del grupo de Sandoz, Ernst Jünger fue el primero en experimentar con LSD.

Jünger era un escritor con una sensibilidad insólita y, durante el trance visionario, comprendió la necesidad urgente de superar el dualismo platónico cristiano –cielo e infierno, carne y espíritu, sujeto y objeto-.

Según Jünger:

“Platón parece haber cometido el enorme y absurdo error de separar el ser del devenir e identificarlo con la abstracción matemática de la Idea. Pobre hombre, no habría podido nunca ver un ramillete de flores brillando con su propia luz interior, casi estremeciéndose bajo la presión del significado(…) Una transitoriedad que era vida eterna, un perpetuo perecimiento que era al mismo tiempo puro Ser, un puñado de particularidades insignificantes y únicas en las que cabía ver, por una inexpresable pero evidente paradoja, el divino origen de toda existencia”(4). ⁠

Alfred Matthew Hubbard siguió los pasos de Jünger.

La experiencia conmovió a este magnate financiero, al punto de considerar que el LSD constituía el más precioso de los ‘dones espirituales’ descubiertos por la humanidad. Hubbard llegó a ser un experto al que acudían terapeutas del mundo entero.

Pensaba que “la mayoría de la gente anda sonámbula: dadles la vuelta, ponedles a andar en dirección opuesta y ni siquiera se enterarán de la diferencia. Pero pasadles una buena dosis de LSD y comprenderán”(5). 

De sus manos provino la primera dosis para Aldous Huxley.

Para Huxley, el LSD abre puertas a zonas desconocidas de la mente, donde es posible encontrar experiencias visionarias que, aunque pueden ser terribles, suelen ser bellas y esclarecedoras.

Postulados como“ ‘Dios es amor’ son comprendidos con la totalidad del propio ser, y su veracidad parece axiomática, a pesar del dolor y la muerte. Esto se ve acompañado por una vehemente gratitud ante el privilegio de existir en este universo”(6).

La carta que escribió Huxley a Hofmann en 1962 es tan esperanzadora que hace inentendible que 4 años después el LSD estuviera prohibido. En ésta Huxley hablaba sobre el potencial de las sustancias psicodélicas(7):

“… y al mismo tiempo, una técnica de misticismo aplicado –una técnica para ayudar a los individuos a obtener lo mejor de sus experiencias trascendentales y a aprovechar el uso de las visiones del ‘Otro Mundo’ en los asuntos de ‘Este Mundo’ (Meister Eckhart escribió ‘lo que se obtiene en la contemplación debe ser devuelto en el amor’). Esto es, en esencia, lo que debe desarrollarse— el arte de dar en amor e inteligencia lo que se obtiene de la visión y la experiencia de la auto-trascendencia y la solidaridad con el universo…”(8).

Los riesgos de una promesa

Gracias a que los resultados de las investigaciones que hicieron Aurelio Cerletti y Werner A. Stoll con el LSD fueron tan promisorios, Sandoz empezó a distribuirlo bajo el nombre Delysid, adjuntando un prospecto que describía las posibilidades de aplicación y señalaba las medidas de precaución correspondientes. 

Estudios realizados en clínicas norteamericanas mostraron que dolores muy fuertes de enfermos terminales de cáncer, que ya no respondían a analgésicos convencionales, eran atenuados o eliminados totalmente por el LSD. Es posible que no se trate de una acción analgésica en sentido pleno; el efecto analgésico puede producirse porque el paciente se separa psíquicamente de su cuerpo a tal punto que el dolor físico ya no penetra en su conciencia. 

A partir de ese momento, el LSD empezó a usarse en el mundo entero, con resultados muy prometedores.

Hasta 1966, año en el que fue prohibido en EE.UU., la investigación en este campo produjo una bibliografía comparable a la de todos los psicofármacos descubiertos en el último siglo juntos. 

Para Hofmann era evidente que una sustancia con efectos tan maravillosos y fantásticos sobre la percepción sensorial y la experiencia del mundo despertaría el interés de círculos ajenos a la medicina.

Las sesiones de LSD podían inducir experiencias estéticas fuera de lo común y eran valiosas para los grupos que buscaban influencias no convencionales.

Empezó a usarse como una forma para vislumbrar nuevos y ricos mundos de conciencia, lo que dio un renovado impulso a la investigación de experiencias místicas y religiosas.

Jamás ha podido observarse –ni demostrarse- que un consumo frecuente y prolongado de LSD genere daños orgánicos, enfermedades o muertes en los seres humanos. Pareciese como si fuera una sustancia destinada a influir únicamente sobre la psique humana.

Por lo mismo, es fundamental entender que “la peligrosidad del LSD no está en su toxicidad sino en la imposibilidad de prever sus efectos psíquicos”(9). Es un viaje por las profundidades de uno mismo en el que, como dijo el poeta H. Michaux, “el riesgo es desperdiciar el alma y la esperanza ensanchar sus confines”.

El peligro del LSD está en la vivencia psicológicamente profunda –tan imprevisible e inquietante-- de una realidad distinta.

Malos viajes pueden evitarse, pero no pueden excluirse con seguridad.

Las crisis de LSD semejan ataques sicóticos, en los que el sentimiento de omnipotencia e invulnerabilidad puede provocar accidentes. En un estado depresivo las visiones aterradoras o el miedo a estar o volverse loco pueden sumergir a la persona en un caos que parece imposible de superar. Sin embargo, en el trance del LSD la conciencia permanece intacta, y los malos viajes pueden atenuarse con la compañia adecuada. 

Que los resultados de usar LSD sean positivos, depende del individuo y del lugar que se elija para llevar a cabo el experimento.

Es muy importante hacerlo en un lugar hermoso, con sonidos agradables, y que el aspecto y el carácter de las personas presentes le gusten a quien vaya a “viajar”.

Más importante aún es el estado de ánimo de la persona, su disposición del momento, su actitud ante la experiencia con fármacos y sus expectativas.

Es fundamental tener esto presente, porque el LSD tiende a intensificar el estado anímico; un sentimiento de alegría puede convertirse en dicha suprema; una depresión puede ahondarse hasta la desesperación. 

El LSD, como todas las drogas sagradas, exige una preparación profunda por parte del individuo que quiera adentrarse en sus misterios. 

Es decisiva la preparación y el esclarecimiento que tenga la persona del tipo de experiencias y transformaciones que le esperan. 

Como dijo el propio Hoffman: “creo que es muy importante que uno comprenda perfectamente que la utilización de las drogas es una aventura, porque la entrada en otros niveles de conciencia, ya sea a través de la meditación o de productos psicodélicos como la LSD, siempre implica un atrevimiento”.

La visión interrumpida

La última cuestión consiste en comprender qué es lo que hemos provocado al aceptar que esté legalmente prohibido experimentar con los confines de uno mismo.

Puede ser que como sociedad hayamos perdido la capacidad, más que el permiso, para ensanchar nuestra conciencia y así incidir en nuestro destino. 

Hofmann era un gigante de la química y un apasionado humanista que sabía que “la crisis espiritual en todos los ámbitos de vida de nuestro mundo industrial occidental sólo podrá superarse si sustituimos el concepto materialista en el que están divorciados el hombre y su medio, por la consciencia de una realidad totalizadora que incluya también el yo que la percibe, y en la que el hombre reconozca que él, la naturaleza viva y toda la creación forman una unidad”(10).

Por este motivo, celebró su descubrimiento y trató de expandirlo; sabía que el LSD era uno de los medios para alcanzar el conocimiento visionario tan necesario para superar la profunda crisis espiritual de nuestros días.

Nunca se imaginó que el LSD ingresaría, intempestivamente, en la farmacopea de las drogas prohibidas.

Es un error trágico que el LSD esté prohibido. Y no sólo por el LSD en sí, sino por todo lo que implica que hayamos permitido que se prohíba experimentar con los límites de la propia mente.

La guerra contra las drogas es una guerra contra la mente humana, una batalla política que ha obstruido la libertad de pensamiento sin tener que censurar, porque ha logrado destruir de raíz la capacidad de pensar, de disentir y de soñar.

Tenemos que entenderlo. 

Tenemos que pelear por conseguir que nos devuelvan ese derecho tan fundamental como la vida misma: decidir cómo y cuándo usar nuestra piel y todo lo que habita dentro de ella.  

Debemos entender que, cuando aceptamos la prohibición de drogas, cedemos el derecho a pensar, a elegir, a valorar nuestra inteligencia e independencia, a correr riesgos y a elegir qué tipo de vida queremos llevar.

Los grandes avances de la humanidad siempre han implicado enormes riesgos.

El fuego, la energía nuclear y los trasplantes de corazón son sumamente peligrosos, supremamente útiles y, algunas veces, para algunos, verdaderas bendiciones. 

Así es el LSD.

Es una pena que Albert Hofmann haya muerto encarnando a un moderno Prometeo.


(1) GNOLI,  Antonio, VOLPI, Franco, El dios de los acidos. Conversaciones con Albert Hofmann, Edición de Bolsillo, 2008.

(2) HOFMANN, Albert, LSD. Cómo descubrí el ácido y que pasó después en el mundo (1979), Editorial Gedisa, Barcelona, p. 30.

(3) Ibid, pp.34 y 35.

(4) Citado en ESCOHOTADO, Antonio, Historia General de las Drogas 3 (1998), Editorial Alianza, España, p. 20.

(5) Ibid, p. 16.

(6) Ibid, p.28.

(7) Psicodélico significa 'descubridor o revelador del alma'. Esta palabra fue acuñada por Humpry Osmond, pionero de la investigación con LSD en EE.UU.

(8) HOFMANN, p. 192.

(9) Ibid, p. 70.

(10) Ibid, pp. 11 y 12.

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