Fútbol y fanatismo

Apaciguador, distractor y canalizador traidor de emociones,
el fútbol no es un juego.

Por: Carolina Contreras

Jorge Luis Borges nunca entendió el fervor que el fútbol despertaba en la gente y, sin embargo (o tal vez por eso), escribió un cuento a cuatro manos con Adolfo Bioy Casares una noche de 1967. Así nació “Esse est percipi” (Ser es ser percibido).

Los argentinos escribieron un cuento en el que una conversación muestra que el fútbol ya no es más que una representación teatral a cargo de unos actores y un hombre en una cabina. Todo se da en la televisión.

El personaje Tulio Savastano —presidente del club Abato Junior— narra la tragedia:

“No hay score ni cuadros ni partidos. Los estadios ya son demoliciones que se caen a pedazos. Hoy todo pasa en la televisión y en la radio. La falsa excitación de los locutores, ¿nunca lo llevó a maliciar que todo es patraña? El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman.

—Señor, ¿quién inventó las cosas?—atiné a preguntar.

—Nadie lo sabe. Tanto valdría pesquisar a quién se le ocurrieron primero las inauguraciones de escuelas y las visitas fastuosas de testas coronadas. Son cosas que no existen fuera de los estudios de grabación y de las redacciones. Convénzase, Domecq, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos”.

¡Cuánta razón! señores Bioy Casares y Borges, la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos.

Como suele ocurrir con Borges, pocas palabras encierran asuntos de importancia vital y revelan la perspicaz visión de aquel hombre que terminaría siendo ciego.

Con el fútbol lo tenemos todo: inauguraciones de estadios con cada mundial y la asistencia de presidentes y reyes a los partidos más importantes. También tenemos la parafernalia intrínseca del mundial y el fanatismo deportivo que lo acompaña, ofreciéndonos “uno de los más vulgares y crasos ejemplos de propaganda, enajenación y creación de identidades superfluas…”(1).

Reflexionen por un momento: ¿Cuál es el objetivo de la propaganda? ¿Cuál es el propósito de los propagandistas? Dirigir el comportamiento de la gente, gestionar sus ideas, inculcarles propósitos, preferencias y metas y reducir la dimensionalidad de la mente.

Vale la pena pensar si es mera casualidad que uno de los pasatiempos favoritos de tantas personas, en tantos lugares y culturas diferentes, sea el fútbol, o si más bien obedece a que responden a las preferencias y metas que les han sido inculcadas y que gozan de gran aceptación popular.

Piensen… ¿por qué la gente celebra un gol? ¿Por qué gritan, saltan y se abrazan cuando “su equipo” anota un gol? ¿Les dan dos meses de vacaciones pagas por ese gol? ¿La felicidad que sienten será un recordatorio permanente sobre las razones por las que vale la pena vivir la vida?

Por más proyecciones metafísicas de identidad que se hagan, las personas que juegan en la cancha no son las mismas personas que ven el partido en el estadio o a través de una pantalla.

¿Qué es exactamente lo que la gente celebra? ¿De dónde surge esa explosión de alegría? ¿En realidad ganamos todos los colombianos si la selección Colombia gana el mundial de la FIFA?¿Qué ganamos?

No es tan claro, ¿cierto? Por lo menos no para mí. Veo más claras otras dimensiones del fútbol.

¿Sólo un juego?

Como dice Ibn Asad, “si el fútbol fuera un juego, nada alrededor del mismo podría ser cuestionable”. Sería simplemente una forma de deporte, de entretenimiento, de diversión y nadie atacaría una inocente distracción lúdica.

No hay nada censurable en que alguien se entretenga con un partido. Sin embargo, es sospechoso que tantas personas elijan el fútbol como única forma de entretenimiento y que periódicos y noticieros dediquen una proporción importante de sus espacios a hablar de fútbol.

Los que quieran podrán ver la brutal y corrosiva huella que ha dejado el fútbol en la sociedad moderna, en la que desempeña una función primordial y nada inocente.

En el artículo Cuando el fútbol deja de ser un juego y se convierte en una batalla podemos ver algunas de las claves de lo que todavía no hemos discutido.

Los autores se preguntan: “¿Por qué el deporte, que es una herramienta fantástica para educar en valores como la cooperación, el espíritu de equipo, la solidaridad, las ganas de superarse, el esfuerzo y la constancia, se convierte en un campo de batalla para padres? ¿Por qué muchos vuelcan en el deporte sus bajas pasiones, sus frustraciones, sus esperanzas, su agresividad? Reflexionamos sobre este tema a raíz de la noticia de las agresiones entre padres en un partido infantil en Mallorca”.

Las imágenes de la agresión son importantes: puños, patadas e insultos en las gradas y en la cancha a cargo de los padres de los chicos de 12 y 13 años que estaban jugando un partido. La pelea la detuvieron miembros de la guardia civil.

El artículo remite a otros escritos en los que abundan las imágenes e historias de peleas protagonizadas por padres en partidos de sus hijos. Un estudio realizado en 2010 por la Federación Murciana de Fútbol concluyó que el 80% de las agresiones en los partidos de categorías inferiores las generan los padres.

¿Cómo resolvemos esta contradicción? ¿Cómo hacemos para creer que el fútbol como deporte “es una herramienta fantástica para educar en valores como la cooperación, el espíritu de equipo, la solidaridad y las ganas de superarse” e ignoramos que se nos presenta como un deporte “innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial”, como pensaba Borges?

¿A qué se debe la contradicción?

A que, como en tantos otros aspectos, una cosa es lo que queremos creer y ver y otra lo que efectivamente ocurre.

Silenciosamente y sin mucho interés, me pregunté durante años qué tenía el fútbol que generaba millones de seguidores fervientes. Siempre me pareció un deporte aburrido de ver, dominado por la trampa y el teatro. Leyendo a Orwell entendí que era un mecanismo de distracción de masas muy exitoso. Sin embargo, seguía siendo un fenómeno que me incomodaba y que no terminaba de entender.

Pero este año, leyendo a Borges e investigando sus pasos, me topé nuevamente con el asunto. Las reflexiones del poeta y la lectura del artículo “El fútbol no es un juego” me llevaron a investigar y reflexionar al respecto.

Lo más difícil con respecto al fútbol es percibir que desempeña una función de ingeniería social predominante que influye en todos los aspectos de la sociedad moderna y que es una herramienta muy potente y eficaz con la que los medios de comunicación masivos realizan su trabajo de control mental.

(Que los medios de comunicación incentiven activamente el interés por el fútbol es una prueba importante de la relación que hay entre el fútbol y la propaganda. Los medios son la voz de los propagandistas). 

La ingeniería social

Las principales funciones que el futbol desempeña en la ingeniería social se pueden dividir en tres puntos.

Función 1: A través del fútbol se imponen y fijan los modelos comportamentales, filosóficos y estéticos que se quieren aplicar en todas las razas, pueblos, condiciones y edades de nuestra sociedad moderna.

Dice Ibn Asad: “ El futbolista de élite se presenta como un moderno Aquiles de plástico y gomina, un héroe vaciado de heroísmo que se convierte en un mero maniquí del perfecto triunfador global, una deidad invertida llevada al panteón publicitario de la moda pasajera. No hay nadie en Europa tan socialmente valorado como un futbolista de élite: se trata de alguien conocido por muchas personas, que gana mucho dinero marcando muchos goles y ganando muchos partidos, se trata de un auténtico “campeón de la cantidad”.

El primer ejemplo de esto fue David Beckham, seguido por muchos otros como Thierry Henry y Cristiano Ronaldo.

Estos iconos comportamentales tienen un éxito mucho más profundo y radical en las sociedades “tercermundistas” en los que el modelo del futbolista se convierte en la única oportunidad de integración social que se le ofrece a millones de niños y adolescentes.

Este sueño único, que no es más que una ilusión, se le impone a los chicos desde las favelas brasileñas hasta el Africa rural.

Es un sueño que a poquísimos se les convertirá en realidad y todos los soñadores, aún los vencedores, compartirán un único sentimiento: la frustración. Los jugadores, aunque disfruten brevemente de un endiosamiento (si es que lo disfrutan), son sólo instrumentos que diseminan la propaganda aspiracional, tal y como ocurre con los modelos para artículos de consumo. Dice Marcelo del Castillo que en México se venden a equipos en un “draft” conocido como “mercado de piernas”, en el que los jugadores no pueden decidir si quieren ir o no a un equipo determinado.

Cuenta un estudiante de Publicidad de la Universidad Autónoma de Occidente, que tuvo que pagar 40 millones de pesos a un directivo para que lo vieran jugar 5 minutos, al presentarse en las divisiones inferiores de Envigado, un equipo colombiano. Para los jugadores profesionales, el fútbol también implica varias formas de frustración. Si no me creen, intenten hablar con los familiares de Andres Escobar.

Esta frustración es fundamental para la segunda función del fútbol, una que se reconoce muy facilmente en los aficionados: "la canalización de la tensión nerviosa hacia una actividad estéril”.

Esta frase fue una revelación para mí, tal vez por lo que escribió Borges en ‘La secta de los treinta’: “…cuando una cosa es verdad basta que alguien la diga una sola vez para que uno sepa que es cierto”.

Cuando leí que canalizaba la tensión nerviosa hacia una actividad estéril, imágenes de frustración, dolor y rabia, gritos despavoridos, e inmensas e irrelevantes rebeliones se condensaron en los ojos de mi mente.

Toda la rabia, toda la indignación, todo el dolor que hubiera querido ver manifestarse en la gente ante el envenenamiento compulsivo del planeta, ante las crecientes desapariciones y violaciones de niños, ante la tortura de tantos animales, ante la persistente y asfixiante pérdida de nuestras libertades, ante la deshumanización acelerada, todo lo que había esperado ver, finalmente lo vi, claramente, insistentemente, en incontables caras desahuciadas, sólo que las generaba el fútbol, no la carnicería grotesca y depravada.

Por eso se me antojan tan ciertas, tan reales, las siguientes palabras:

“Así, a través de los medios de comunicación, todo el descontento, la insatisfacción y la rebeldía que podrían motivar un  cuestionamiento crítico por parte del individuo, van destinados a la acción futbolística.

…la energía destructiva generada en el individuo por la vida moderna, es condensada en “noventa minutos de odio”. Durante este tiempo, el pacífico ciudadano puede insultar, juzgar, reclamar, patalear y criticar a su antojo, siempre dentro del contexto ad hoc: el fútbol.

Así, la agresividad no es en ningún caso sublimada, muy por el contrario, sólo es concentrada y dirigida hacia una pasión yerma y absurda”.

Todo el dolor, la angustia, la desolación, la injusticia y la rabia, toda la intensidad que atiza ese fuego vital que nos hace clamar por la vida, esas sensaciones que encienden e inspiran la parte de nosotros que es la fuente de todos los logros,  que nos ayuda a crear lo que queremos ver real, esos sentimientos incendiarios quedan mortalmente concentrados en una pasión yerma, completamente inútil.

La tercera función del fútbol se trata de un entrenamiento devocional en el que se apoya sentimentalmente a un colectivo que carece de cohesión intelectual, identidad, valores comunes o ideología, al que solamente une el deseo de victoria, una victoria que consiste en superar al contrincante en un marcador numérico.

Un hincha de fútbol lo que quiere es participar en el éxito —en los goles— de una entidad con la que no comparte nada a nivel personal y a la que pertenece desde un anonimato numérico. El hincha es un observador al que arrastra la emoción multitudinaria, que anhela intervenir y proyectarse sobre el juego, mientras se ve terriblemente afectado por el resultado de un partido en el que no ha participado y sobre el que no tiene ningún efecto.

Tres conocidos se infartaron durante el partido Colombia-Inglaterra del pasado 3 de julio, el que dejó a Colombia por fuera del Mundial. Su corazón no pudo lidiar con las emociones y no tuvo más remedio que infartarse. Vemos que la canalización nerviosa hacia el fútbol no sólo genera agresiones hacia los demás, también produce emociones autodestructivas.

Tampoco se puede negar que el fútbol tiene una relación estrecha con la violencia, dentro y fuera de las canchas. En youtube se pueden encontrar múltiples videos que recogen imágenes de golpizas, peleas y agresiones en el terreno de juego y momentos especiales de los futbolistas más agresivos de la historia. 

¿Cuántas muertes les debemos a las barras bravas? ¿Cuántos no han sido mortalmente agredidos por llevar una camiseta de un color prohibido en el lugar equivocado? ¿Cuántas mujeres rezan para que gane el equipo de su marido porque saben que de lo contrario les espera una paliza asegurada?

Borges decía que el fútbol es popular porque la estupidez es popular y, si pensamos por un momento, es estúpido sufrir por algo en lo que no tenemos influencia ni participación, aunque pensemos que es loable concebir sentimientos abstractos de identificación, y consideremos que somos encarnaciones de “nuestro país” o “nuestro equipo” cuando portamos las camisetas con las que “sentimos los colores”.

Parte de lo que no le gustaba a Borges del fútbol era el nacionalismo que surgía como consecuencia del deporte. “El nacionalismo sólo permite afirmaciones y toda doctrina que descarte la duda, la negación, es una forma de fanatismo y estupidez”.

¿O donde está ese nacionalismo que tantos invocan portando la camiseta de un equipo y saltando como posesos cada gol de la selección Colombia, ese nacionalismo que se necesita para defender el territorio nacional, para impedir que se destruyan las capas tectónicas con el fracking, para impedir que se sigan contaminando el agua, el territorio y la selva con el glifosato, para pedir que paguen los responsables de las desapariciones de los líderes sociales que han sido asesinados impunemente, para reclamar la libertad de los campesinos colombianos que están en la cárcel por negarse a cultivar semillas geneticamente modificadas, para impedir que se siga amenazando a las madres que se niegan a envenenar con vacunas a sus hijos?

El nacionalismo que se enardece con los partidos de fútbol no tiene nada que ver con el bienestar de una nación, de una sociedad, o un colectivo.

El fútbol es un trance colectivo generado y mantenido por los medios audiovisuales de comunicación cuyo marketing preda sobre nuestras aspiraciones e inseguridades y cuyos llamados se responden sintonizando el televisor, yendo a la tienda y desbordándonos en una euforia de emociones lapidaria.

Borges le dijo en el 78 a Roberto Alfiano: “Yo no entiendo cómo se hizo tan popular el fútbol. Un deporte innoble, agresivo, desagradable y meramente comercial. Además es un juego convencional, meramente convencional, que interesa menos como deporte que como generador de fanatismo. Lo único que interesa es el resultado final; yo creo que nadie disfruta con el juego en sí, que también es estéticamente horrible, horrible y zonzo.  Son creo que 11 jugadores que corren detrás de una pelota para tratar de meterla en un arco. Algo absurdo, pueril, y esa calamidad, esta estupidez, apasiona a la gente. A mi me parece ridículo”.

Borges mintió. Borges entendía.

Sabía, por lo menos desde 1967, que la publicidad masiva es la contramarca de los tiempos modernos y lo dijo en el cuento que escribió, precisamente, sobre fútbol. Entendía también que los “héroes” del fútbol eran verdaderos “campeones de la cantidad”. Entendía también que gesta y potencia el fervor descerebrado. Y entendía que, como todos los fanatismos, devalúa el pensamiento, imposibilita la crítica y aplasta desdeñoso la individualidad; el tesoro primordial de los humanos.

Carolina Contreras

Carolina es escritora e investigadora, economista e historiadora. Escribe colecciones de literatura para www.ellibrototal.com y tiene www.lapapeleta.com, un blog para espíritus independientes.
www.lapapeleta.com es su forma de borrar los límites y de ofrecerle a los demás sus ganas desaforadas de explorar, encontrar, saber y arder con la verdad.

Pueden seguirla en Facebook


Referencias:

(1) Marcelo del Castillo, Borges sobre la estupidez del fútbol y la manipulación del nacionalismo, delcastilloencantado.blogspot.com

Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares, Esse est Percipi (Ser es ser percibido).

Todas las citas que no están referenciadas, así como el marco teórico que se presenta en este artículo, pertenecen a Ibn Asad y aparecen en el capítulo sobre deportes de su libro, La danza final de Kali.

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Comentarios

Imagen de Cler María

Comparto totalmente este artículo y ya había comentado algo sobre todo lo que esconde la algarabía del fútbol. Éste es un distractor.
“Mientras se gritan los goles, se apagan los gritos de los torturados y de los asesinados”. Estela de Carlotto.

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