El truco de las drogas legales

Imagen de Roberto Fuentes Fernández.

Siendo una niña pensaba que todos los efectos de las drogas legales eran buenos. También suponía que las drogas ilegales eran tóxicas y destructoras.

Con los años comprendí que la Ley y el Deber Ser eran asuntos diferentes. 

Hice amigos que fumaban marihuana. En este mundo de reglas terriblemente vulgares, suelen cautivarme los destellos de rebeldía. Gracias a los desobedientes he podido encontrar verdad entre mil laberintos de mentiras. Siendo amiga de los marihuaneros descubrí que no eran pordioseros ni criminales, sino adolescentes que ignoraban los “debes”, “tienes”, “no puedes”. Vi que la ecuación droga=destrucción=crimen, en estos casos, no se cumplía. 
Primera pista. 

En un viaje descubrí Historia de las Drogas de Antonio Escohotado. Todavía puedo sentir las ráfagas de ira mientras procesaba las mentiras y las manipulaciones y la electrizante elevación al encontrar las palabras que mi alma añoraba, pero que no sabía decir.

El libro era un caso soberbio en contra de la prohibición de drogas pero, sobre todo, una defensa explosiva de la libertad individual. 

La libertad me había encendido siempre. Era mi himno, mi plegaria y la vibración revoltosa que me llenaba de ímpetu. Yo sabía que la libertad era la clave, el camino, lo importante, lo que estaba bien y era honorable, pero no sabía por qué. Escohotado develó el secreto. 

Empecé a construir el mundo de las drogas. Fue mi primera investigación real, la primera investigación que hice sabiendo que el ingrediente principal son las patrañas.

Fue una experiencia salvaje. Por primera vez vi, con toda la nitidez del caso, que nada es lo que parece. Entendí contundentemente el significado real de la palabra fraude.

Comencé a desafiar las mentiras que la gente repetía sin pensar. 

¿Por qué el Estado debía tener la potestad sobre las decisiones personales? 
¿Quién en su sana mente podía pretender que alguien más, además de la persona, pudiera decidir sobre la vida de esa persona? 
¿Acaso la guerra contra las drogas era algo más que una depravada confesión de controladores y controlados?
Yo veía que un grupo de cínicos, arrogantes e incapaces de tener un deseo o criterio propio, se adjudicaba el derecho de definir la vida de los demás, mientras que los otros, pusilánimes, pasivos, aceptaban sin titubear los designios que los autonombrados magnánimos habían elegido para ellos.

Los demás, aterrados al principio, reaccionaban de diferentes maneras. Los que pensaban que tenía un punto por lo general no habían reflexionado al respecto y mis preguntas los cogían por sorpresa.

Cuando la exasperación dejaba hablar a los otros, espetaban como un disco rayado:
— “Las drogas ilegales son sustancias muy peligrosas, adictivas, cuyos desastrosos efectos están más que demostrados”.
—“¿En serio?” —preguntaba yo— “¿Cómo han sido demostrados?”
Y la invariable respuesta:
— “Los estudios científicos así lo demuestran”. 
— “WOW,  me encantaría leerlos. ¿Puedes pasarme las referencias?”. 

Y por alguna razón, ningún defensor de la Prohibición me señaló o entregó muestras de la evidencia.

“Carolina, tú no entiendes. Eres muy joven para entender. Los medicamentos —las drogas legales— son fármacos buenos, producto de la revolución científica y del mayor entendimiento del cuerpo y de la enfermedad. Los estudios científicos los respaldan”. 

Aprendí que para una proporción importante de la sociedad, los estudios contenían la bondad de los medicamentos y la maldad de los estupefacientes. Todos los que se consideraban seres ilustrados me repetían que uno podía negar la vida, el cielo, la existencia, la religión, la sangre, pero nunca jamás a la CIENCIA. Que el mercado estuviera dividido en blanco y negro era un designio del libro del argumento científico. 

Porque el argumento final siempre era el argumento científico. Si la droga la venden libremente en el mercado es porque es la quintaesencia de la seguridad, el epítome de la bondad y la supremacía de la efectividad.  Si la droga está prohibida el que la use es un criminal, un enfermo o un hereje. Generalmente las 3. Es lo que dice la ciencia. 
Y el jaque mate: “ESTUDIOS ASÍ LO DEMUESTRAN”. 

Ciencia o no ciencia, yo preguntaba si no les parecía una barbaridad que los representantes del Gobierno dijeran que solamente ellos tenían la potestad para decidir qué hacían con su cuerpo los adultos, atropello que a mí se me antoja inaguantable pero que a varios otros parece no molestarles en lo más mínimo. ¿Barbaridad? Esa política estaba respaldada por la ciencia y la ciencia es el antídoto de la barbaridad. ¿De qué estaba hablando?

Con el tiempo entendí que el argumento científico — el argumento de objetividad y neutralidad por excelencia— era una forma muy efectiva de hipnotizar y controlar a la sociedad. 

El abracadabra de hoy es “estudios así lo demuestran”. 

Pero… ¿qué demuestran?

La diosa de la ciencia

Estudié economía, en parte, porque me fascinaban los números. Me gustaron los cálculos, la probabilidad y la estadística. Cuando llegué a econometría todo cambió porque nunca entendí cómo se podía trasladar la “objetividad” numérica a los estudios sociales.
Por mucho que se quiera o que se intente asemejar, una persona no es un dato. 

La primera vez que construí la base de datos de un estudio comprobé lo que sospechaba: que todo depende de las definiciones arbitrarias que se hacen de las variables, los parámetros y el modelo. Ahí supe que trabajando con números no iba a encontrar las respuestas que buscaba, porque yo quería la verdad. Y la verdad y la significancia estadística son conceptos totalmente diferentes. 

Uno puede demostrar cualquier cosa usando modelos estadísticos. Lo que sea. 

Todo depende de las preguntas que se hagan, de la forma de organizar los datos, de la calidad de los mismos, de las cifras que se omiten y se incluyen, del modelo que se seleccione, del tamaño de la muestra, de los coeficientes predeterminados, de las normalizaciones de las muestras, de los sesgos en la recopilación de los datos, de lo que a uno se le ocurre y se le deja de ocurrir cuando está pensando en el diseño del estudio, en fin, la lista es interminable. 

No es tanto que la estadística no sea una herramienta útil, que lo es, sino que es limitada y manipulable a un grado superlativo. Pero eso no ha impedido que hoy la indisputada diosa del mundo de la investigación sea su majestad La Estadística

Estamos en la era del “sin modelo estadístico no es ciencia”. Por arbitraria que sea, la significancia estadística se considera hoy la apoteosis de la objetividad y el logro científico. 

Poco importa que los que usan los modelos estadísticos sean incapaces de interpretar las cifras que han inventado. Poco importa que su ignorancia estadística sea tal que basta con mirar superficialmente los estudios para detectar las inconsistencias de los postulados de los investigadores. Poco importa que los números —estables e irreales— sean el estándar para evaluar todo lo que acontece con los seres humanos, profundamente inestables y reales. 

Poco importa porque la razón de ser de la mayoría de estudios no tiene que ver ni con ciencia, ni con descubrimientos, ni con conocimiento, sino que su existencia es un símbolo hipnotizador, listo a ser invocado para acallar cualquier duda que surja sobre el peculiar funcionamiento de nuestra sociedad. 

“Palabra de Dios, te alabamos Señor”. 
“Estudio Científico, te alabamos Significancia Estadística”.  

Estudio científico, palabra sagrada. Y si es estudio médico, doblemente sagrada, pues en la escala de la ciencibilidad nada se acerca a los talones de la Medicina. Ni siquiera (¡sacrilegio!) la estadística.

Hablan los editores del Verbo

En cuanto a los estudios supremos, sobra decir que el pabellón de honor está compuesto por las 5 grandes de la Medicina: el New Journal England of Medicine; el Lancet,; el Journal of the American Medical Association; el British Medical Journal; y el Annals of Internal Medicine

Richard Horton —el editor jefe del Lancet— escribió para la editorial de la revista publicada el pasado 11 de abril

"El caso contra la ciencia es contundente: mucha de la literatura científica, tal vez la mitad, simplemente es falsa. Afligida con estudios de muestras muy pequeñas, efectos diminutos, análisis exploratorios inválidos y conflictos de interés flagrantes, de la mano con una obsesión por perseguir tendencias a la moda de dudosa importancia, la ciencia ha tomado un giro hacia la oscuridad. Como lo puso un participante: ‘con métodos mediocres se obtienen resultados’”.

Marcia Angell, antigua editora en jefe del New England Journal of Medicine —tal vez la revista médica más prestigiosa del mundo— hizo otra evaluación devastadora de la literatura médica en 2009

“Simplemente ya no es posible creer en gran parte de la investigación clínica que se publica, o confiar en el juicio de los médicos de confianza o en las directrices médicas autorizadas. No me alegro de esta conclusión, a la cual llegue lentamente y de mala gana durante mis dos décadas como editora del New England Journal of Medicine”.

“Uno de los resultados de ese sesgo omnipresente” —añadió Angell— “es que los médicos aprenden a practicar un estilo de medicina muy intensivo en drogas. Incluso cuando cambios en el estilo de vida serían más efectivos, los doctores y sus pacientes frecuentemente creen que para cada enfermedad o molestia existe una droga”. 

Richard Smith, quien hasta 2003 y durante 25 años fue el editor en jefe del British Medical Journal, escribió en un artículo titulado “Las revistas médicas son una extensión del brazo de mercadeo de las farmacéuticas”:

El gran problema recae en los estudios originales, particularmente en los estudios clínicos, publicados por las revistas. Lejos de ignorarlos, los lectores ven en los estudios aleatorios una de las formas más altas de evidencia. Un estudio grande publicado en una revista importante tiene la estampa de aprobación de la revista (a diferencia de la publicidad), es distribuido a nivel mundial, y puede que reciba cobertura mediática global, particularmente si se promueve simultáneamente por comunicados de prensa de la revista y de la costosa agencia de relaciones publicas contratada por la compañía farmacéutica que patrocinó el estudio. Para una farmacéutica, un estudio favorable vale más que miles de páginas de publicidad, razón por la que la empresa a veces gasta más de un millón de dólares en reimpresiones de los estudios para distribuirlos mundialmente. Los médicos que reciben estas reimpresiones pueden no leerlas, pero quedan impresionados por el nombre de la revista en que se publicó. La calidad de la revista bendice la calidad de la droga”.

Smith afirmó:

“La evidencia es contundente en que las compañías están obteniendo los resultados que quieren y esto es especialmente preocupante porque entre el 65 y el 75% de los estudios que se publican en las revistas principales —Annals of Internal Medicine, JAMA, Lancet, and New England Journal of Medicine— son financiados por la industria”. 

Sin duda alguna, es terriblemente preocupante. Los estudios que financia la industria farmacéutica tienen una única finalidad: conseguir que la FDA apruebe la venta de sus productos y convencer a los médicos de que los receten compulsivamente. Y publicarlos en las páginas de las Biblias de la Medicina es una estrategia genial porque los médicos están convencidos de que su palabra es la ley. “La calidad de la revista bendice la calidad de la droga”. 

Smith agregó:

“Los editores de las revistas cada vez son más conscientes de la forma en la que están siendo manipulados y están peleando de vuelta, pero debo confesar que me tomó casi un cuarto de siglo editando en el BMJ para despertar a lo que estaba pasando. Los editores trabajan considerando los estudios que les son enviados… Los editores pueden estar haciendo una revisión colegiada de una pieza gigante de un rompecabezas astuto de mercadeo— y la pieza que tienen probablemente contiene una elevada calidad técnica. Probablemente pasará el proceso de revisión por pares, un proceso que se ha demostrado es una lotería ineficiente, propensa al sesgo y al abuso". 

Que editores como Smith afirmen que los estudios contienen una elevada calidad técnica obedece a sus deficientes conocimientos de estadística y prueba que los modelos numéricos revisten los estudios de un aire de cientificidad que simplemente no existe. 

En este sentido es apropiado señalar lo que Douglas G. Altman, el director del Laboratorio de Estadísticas Médicas de Londres, escribió en 1994 para el British Medical Journal:

“¿Qué pensaríamos sobre un médico que usa el tratamiento equivocado, ya sea a consciencia o por ignorancia, o que usa el tratamiento correcto inadecuadamente (como recetando la dosis equivocada de una droga)? La mayoría de las personas dirían que es un comportamiento contrario a la ética profesional, plausiblemente inmoral y ciertamente inaceptable”.

“Entonces, ¿qué deberíamos pensar de los investigadores que usan las técnicas equivocadas (ya sea a consciencia o por ignorancia), usan las técnicas adecuadas de una manera incorrecta, malinterpretan sus resultados, reportan sus resultados selectivamente, citan la literatura selectivamente, y llegan a conclusiones injustificadas? Deberíamos estar horrorizados. Aún así, numerosos estudios de la literatura médica, tanto de las revistas generales como de las especializadas, han mostrado que todos los fenómenos mencionados son comunes. Esto es sin lugar a dudas un escándalo”.

Cuando les digo a amigos por fuera de la medicina que muchos de los artículos publicados en las revistas médicas son engañosos por sus debilidades metodológicas, quedan apropiadamente en shock… Los errores son tan variados que un libro entero sobre el tema, valioso como es, no podría abarcarlos todos y, de todas formas, es improbable que los que cometen los errores lo lean”. 

“Muchas personas piensan que todo lo que se necesita para hacer estadística es un computador y el software apropiado… Increíblemente, es ampliamente considerado aceptable que los investigadores médicos ignoren los principios de la estadística. Muchos no se avergüenzan (y de hecho parecen estar orgullosos) de admitir que “ellos no saben nada de estadística”.” 

La mala calidad de la mayoría de la investigación médica es ampliamente conocida y aceptada pero, perturbadoramente, los líderes de la profesión médica parecen estar mínimamente preocupados por el asunto y no han hecho ningún esfuerzo para encontrar una solución”.

Todavía siguen sin hacerlo. 

Richard Horton señaló, tras asistir al Simposio sobre la reproducibilidad y la fiabilidad de la investigación biomédica que se llevó a cabo la primera semana de abril de 2015 en el Wellcome Trust de Londres, que todos los asistentes parecían estar de acuerdo en que había que hacer algo para arreglar las malas prácticas científicas y en que todos tenían el poder para hacer ese algo. “Pero sobre qué hacer o cómo hacerlo no se ofrecieron respuestas finales. Los que tienen el poder para actuar parecen pensar que son otros los que deberían actuar primero… y nadie está listo para dar el primer paso…”.

Muy reconfortante. Sobre todo porque son palabras que vienen del editor que en 2004 afirmó que las revistas médicas se han convertido en un importante e incomprendido obstáculo para la búsqueda de la verdad científica. Las revistas se han transformado en operaciones de lavado de información para la industria farmacéutica”.

Al parecer, todos dentro de la comunidad alopática saben que la “investigación médica” es mercadeo de primer orden para la industria farmacéutica, la industria criminal más despiadada y letal que haya conocido nuestra especie. Pero, nadie está listo para hacer nada para arreglar esta situación, pues todos sus esfuerzos están abocados en conseguir que ningún habitante del planeta pueda escapar a las bondades de su genial e inmaculada ciencia. 

Entonces, no olviden tomarse sus pastillas, ni tener sus vacunas al día, ni seguir religiosamente lo que dicen los medios de comunicación. Ese es el camino de la inteligencia y la salud. Obviamente. ESTUDIOS ASÍ LO DEMUESTRAN.

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