Enfrentarse a un trasplante

A veces tenemos que recorrer caminos que sólo quisiéramos
evadir. Pero cuando abrazamos la incertidumbre encontramos
que la imaginación transforma en creaciones las más
grandes frustraciones.

Hasta hace algunas semanas, cada vez que intentaba escribir esta historia, lloraba sin poder contenerme.

Quería escribirla para aterrizar con palabras al remolino que se había apoderado de mi pecho, un remolino intempestivo y violento que parecía no querer dejarme en paz. Pero las palabras se escapaban entregándome lágrimas y sollozos que me impedían escribir.

Sé que es una burla un tanto retorcida del destino que, de todas las personas, precisamente a mí, tengan que hacerme un trasplante. Lo digo porque yo conozco todos los riesgos, los efectos secundarios, la falsa ciencia que sostiene los medicamentos, las deficiencias del sistema al que me toca someterme, su incapacidad para salirse de los protocolos y entender que cada paciente es un caso aislado. Y sin embargo, es la alternativa que tengo.

Además de que es una cirugía mayor, con los riesgos que eso implica, es una de las pocas cirugías que obliga a tomar drogas de por vida. Drogas inmunosupresoras. Drogas que evadí durante años. Y ahora se me presentan, no como una opción, sino como una eterna compañía.

A veces tenemos que recorrer caminos que sólo quisiéramos evadir.

Me demoré entendiendo que es una alternativa. Y no sólo es una alternativa sino es la única alternativa que tengo. Porque quiero seguir viviendo.

Me tocó entender que por drogadicto e incierto que se vea el futuro, es un futuro.  Y al final, cada día cuenta.

Lo que cuenta es la posibilidad, no los obstáculos.

Lo que cuenta es la promesa, no los riesgos.

Lo que cuenta es que existe la opción de que sea un éxito y que yo encuentre la forma de acoplar amorosamente mi nuevo riñón a mi cuerpo.

Lo que cuenta es que a pesar de lo doloroso que ha sido lo que he vivido también ha sido una oportunidad para recordar cuántos me aman, para ver que tantos amigos y familiares queridos están dispuestos a sacrificar una parte de sí mismos para que yo pueda estar bien.

La ilusión y el amor, al final, son los que cuentan.

Enfrentarme a un trasplante, pasar por este proceso que me ha desequilibrado tanto, es un recordatorio brutal de que la vida es impredecible, que es en la sorpresa y en la incertidumbre donde se dan las batallas decisivas, que no hay un sustituto para vivir una vida apasionada, que el tiempo y la salud no se pueden comprar ni con todo el oro del mundo, que arrepentirse por lo que quisimos y no nos atrevimos a hacer es un lamento de cobardes, que atreverse es el mantra dominante.

Le doy gracias a la vida porque yo tengo donantes. Es duro saber que hay una lista de espera de más de 2000 personas. Fue muy duro ver a todas las personas en la unidad de trasplantes, haciéndose las pruebas, dejando todo listo para ver si tienen suerte y alguna muerte puede comprarles un poco más de vida.

Todos me miraban sin entender que yo también necesitaba un trasplante. Sus caras demacradas, sus tanques de oxígeno, su piel ajada, sus miles de afecciones y yo, como si nada.

Aunque se supone que mis riñones están muy mal, aunque se supone que no dan más, yo no lo he sentido. Estoy un poco más pálida de lo normal y ya no tengo esa energía abismal con la que no paraba de saltar y bailar en todo el día, pero eso es todo.

Sé que se lo debo a mi dieta, al yoga, a la poesía, a la música, a mi libro y a los libros. Sé que se lo debo a la hierba más poderosa y bendita, a esa planta maravillas que me ha cuidado tan bien.

Suena raro decir que estoy bien teniendo que enfrentar un trasplante, pero es cierto. Los médicos que me han visto no lo pueden creer. No entienden que mis exámenes son los de una persona que se ve normal. Aunque al principio quería matarlos cuando oía que yo tenía mucha suerte (porque un trasplante no es precisamente la imagen que yo tengo de la suerte) ahora oigo con calma esas palabras y pienso que tienen algo de verdad.

Una de las cosas que me enloquecía cuando empezó todo esto es que yo sé que el poder de la mente es ilimitado y no aceptaba que mi mente no me pudiera sanar. No paraba de preguntarme qué estaba pasando por alto, qué desintoxicación me había faltado, qué ingrediente de mi dieta era el culpable de que todo estuviera empeorando. Era una carrera contra el tiempo en la que iba perdiendo.

Finalmente pude verlo. Finalmente pude cambiar el ángulo y aceptar que no todo es mi responsabilidad, que aunque lo intenté y lo deseé con el alma, en este caso, se me salió de las manos.

El daño de mis riñones es demasiado grande. Aguanté, aguanté y aguanté, hasta que ya no aguanté más. Y gracias a las personas que me aman entendí que tenía que dejar de sufrir por lo que no podía controlar y ver que con mi disciplina y esfuerzo me había ganado 10 años.

Ahora puedo verlo.

Me siento feliz por los años que aguanté sin trasplante. Me siento feliz por lo que descubrí, por lo que aprendí y por toda la información que he podido compartir. Me siento feliz porque he visto como poco a poco la gente ha ido despertando. Me siento feliz porque cada día crece la lista de suscriptores a La Papeleta y cada suscriptor es una oportunidad para cambiar el rumbo de este mundo.

Espero que todo salga bien, espero que la cirugía sea un éxito y que mi cuerpo reciba tranquilamente a su nuevo habitante. Sé que así será.

Pero como todo en la vida es un riesgo, y este es uno importante, quiero decir que he sido muy feliz, que he amado con pasión y he sido amada, que mi vida ha sido un cúmulo de aventuras un tanto desaforadas pero plenas, que las carcajadas han superado las lágrimas, que he escrito, creado e inventado mil sueños, he desatado mi mente y mi subconsciente, he honrado mi imaginación, he explorado, experimentado, me he equivocado, he sufrido y he gozado. Y por encima de todo he bailado.

Bailé e hice bailar. 

He dicho lo que pienso, he trazado mi propio camino, he cuidado con mimo el matiz, he rechazado los estereotipos y he cultivado el corazón del alma.

Todo esto es para decirles que hay tanto por hacer, tanto por crear, tanto por descubrir, tanto por sentir y tanto por amar que me gustaría que vieran que todo lo que ya es, es insignificante al lado de todo lo que puede ser.

La posibilidad es grandiosa, infinita.

Es en la incertidumbre, en lo posible, donde está la magia de la vida.

Todo lo que podemos inventar, todo lo que podemos crear, todo lo que podemos hacer está esperando por nosotros a ser concebido y creado.

Ese es el significado de poder.

El poder es la habilidad para hacer cosas. Significa que somos capaces, que somos PODEROSOS, que PODEMOS, que tenemos la capacidad para hacer.

El poder comienza imaginando el poder.

Honren su imaginación. Inventen, sueñen, imaginen. Sepan que pueden hacer cosas. Sepan que la imaginación está esperando por ustedes, esperando a ser desatada.

Sepan que es la mejor aliada, el detonante de nuevas perspectivas y soluciones y que la imaginación convierte en oportunidades las más grandes frustraciones.

La imaginación no sigue ningún sistema. Es espontánea, impredecible, abierta.

Imaginar es dudar, es romper con los esquemas. Cuando imaginamos, creemos; cuando creemos, creamos; cuando creamos, vibramos.

Vivir es despertar nuestra fantasía y entender que así como tenemos que abrir los ojos tenemos que cerrarlos por momentos, abrir los que llevamos dentro, escuchar con las palmas, hablar con el alma, desplegar el magnetismo, construirlo, saborearlo, devorarlo y explotarlo.

Imaginar es saber que lo importante no es lo que se mira sino lo que se ve.

Y cuando imaginas puedes ver un trasplante como otra oportunidad para aprender, como un trampolín a soñar.


Créditos imágen: Copyright: <a href='http://www.123rf.com/profile_hywards'>hywards / 123RF Stock Photo</a>

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