Juego de Narcos

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Mientras la naturaleza sea ilegal, el mundo no podrá ser libre.

Preocupados por la salud moral y mental de la humanidad, las mentes más altruistas se reunieron en las Convenciones de Naciones Unidas y juraron protegernos de LA DROGA, ese mal que los aborígenes degenerados pretendían insertar en la desarrollada sociedad occidental.

Pocas firmas eliminaron de la legalidad de la Tierra plantas de uso inmemorial.

Esas mismas firmas atomizaron y exacerbaron el conflicto interno de Colombia, una guerra civil que hasta el momento ha dejado cientos de miles de muertos y unos 5.000.000 de sobrevivientes desplazados, condenados a vivir en condiciones infrahumanas.

Yo sé que muchos piensan que la Guerra contra las Drogas es un deber moral de las autoridades, quienes deben velar por el bienestar de sus ciudadanos, alejándolos de todo lo que puede hacerles daño.

Obvio, porque todos tenemos 3 años.

Sé que otros tantos piensan que es apenas legítimo que el gobierno prohíba el uso de drogas perniciosas como la cocaína y que garantice el acceso universal a drogas buenas como las vacunas. Ellos quieren hacer el bien. Tienen las mejores intenciones. Por lo tanto, debemos obedecer ciegamente sus mandatos, porque la salud y el bienestar consisten precisamente en obedecer la autoridad de los expertos.

Por supuesto.

Yo arriesgo esta conjetura: la prohibición de drogas es una política genocida, una técnica de control extremadamente exitosa y una estrategia brillante para eliminar la competencia natural a la industria farmacéutica.

Haber nacido y crecido en Colombia —un país extraordinario y desfigurado por el narcotráfico— me obligó a crecer en los efectos de la guerra a algunas drogas. Aunque todos los padecemos, los países productores los padecemos por partida doble.

Vi a mi país transformarse de un lugar con conflictos dolorosos pendientes de resolver, en una nación violenta, aterrorizada y corrupta, incapaz de recordar qué significa ser libre, incapaz de distinguir el bien del mal.

Empecemos un poco después del principio.

El principio sería contar la historia de la Fundación Rockefeller; esbozar el propósito del Consejo de Relaciones Exteriores (Council on Foreign Relations); analizar la sección 295 del Tratado de Versalles; recrear el surgimiento y las funciones de Naciones Unidas; y trazar el advenimiento de la Comisión Trilateral.

Estos acontecimientos han creado y transformado el mapa geopolítico internacional y son tópicos definitivos en la configuración del mundo que compartimos, del que la Guerra a las Drogas es sólo una pequeña parte.

También tendría que entrelazar estos acontecimientos con el uso que Estados Unidos ha hecho de su alianza con Colombia para incidir en Latinoamérica económica y políticamente.

Pero, como este es un artículo y no una historia del siglo XX, bastará con empezar un poco después del principio. Sin embargo, los que estén interesados en entender realmente el surgimiento e implementación de la Guerra a las Drogas deben investigar estos temas.

El conflicto colombiano

Para 1945 una serie de relaciones feudales se imponía en diversos territorios colombianos.

Los bandoleros surgían como señores que cobraban duros impuestos (monetarios o en forma de propiedades y cosechas) a cambio de una “protección” tan necesaria como indeseable.

Hacia 1949 nacieron los primeros núcleos de guerrilla móvil.

También bajo la presidencia de Mariano Ospina y con el beneplácito del ejército, surgieron las autodefensas campesinas, verdaderos profesionales del terror creados para contrarrestar las guerrillas y aterrorizar a sus simpatizantes.

Por eso, cuando la Revolución Cubana difundió el mito guerrillero a lo largo del continente, encontró en Colombia tierra fértil para su maduración.

Durante la época de La Violencia (1948-1958) —la guerra entre Liberales y Conservadores— murieron más de 200.000 personas. Después la venganza redefiniría la vida, vendiéndose a intereses económicos y políticos.

Matar, robar, torturar y aterrorizar son conocidas tácticas de guerra pero también son una utilizada política económica.

Por un lado, bandoleros, gamonales, políticos, soldados, policías, terratenientes, insurgentes y mercenarios recibieron —y aún reciben— los beneficios monetarios de la violencia.

Por el otro, los conflictos imbuyeron a la sociedad y “a las agrupaciones políticas de comportamientos e ideologías intolerantes, incapaces de ver en el adversario otra cosa que un enemigo absoluto que debe ser abatido” (1)

Estos resultados daban palmaditas en la espalda a los ideólogos de la Guerra Fría.

El poder del enemigo (2)

El gran logro de la Guerra Fría fue enseñarnos que siempre hay un enemigo. Siempre.

Con la Guerra Fría quedó claro que una técnica muy efectiva para dirigir a las masas es dirigir sus emociones hacia un enemigo. Un enemigo consigue que se movilicen. Un enemigo las mantiene controladas.

La percepción de que existe un enemigo poderoso del que deben ser defendidos hace que las personas toleren controles externos.

El mensaje caló. Los estadounidenses bailaron al ritmo de: “Para proteger la forma de vida americana debemos ser fuertes y hacer exactamente lo que dicen los líderes políticos y militares. La seguridad nacional es más importante que la libertad individual”.

Muchos terminaron convencidos de que autoridad y libertad eran sinónimos.

Tanto en Estados Unidos como en la Unión Soviética se realizaron gastos exorbitantes y se recortaron libertades civiles, amparados en la idea de que todo debía subordinarse a la lucha por la victoria.

Múltiples mentiras se incrustaron en las mentes de los ciudadanos, quienes no tenían cómo corroborar si lo que se decía de su “temible enemigo” era cierto.

Para la década de los 80 la sociedad colombiana estaba plagada de “comportamientos e ideologías intolerantes que únicamente veían en el contrincante un enemigo absoluto que debía ser abatido”.

Pronto tendrían un nuevo contrincante al cual dirigir sus emociones, un nuevo y terrorífico enemigo, un enemigo que podía colarse en todos los grupos, sin distinciones de raza, religión, riqueza o ideología.

Ese enemigo sería LA DROGA.

La guerra legal

La historia de Pablo Escobar y del Cartel de Medellín se ha convertido en un mito globalmente conocido.

Tal vez por su transformación de Medellín, por sus aspiraciones presidenciales, o por su oferta de pagar la deuda externa colombiana si el país eliminaba la extradición.

Tal vez su fama se debe a que la revista Forbes lo catalogó como uno de los hombres más ricos del mundo desde 1987 hasta su muerte.

Tal vez responda al asesinato de Luis Carlos Galán y a las bombas que nos obligaron a permanecer encerrados por años.

Tal vez se deba a la serie Narcos de Netflix, una serie que refuerza la idea de que las drogas son las malas, ignorando descaradamente que el problema son las leyes que las prohíben.

Colombia ratificó con la Ley 13 de 1974 y la Ley 43 de 1980 la Convención Única de Estupefacientes de 1961 y el Convenio de Sustancias Sicotrópicas de 1971 respectivamente.

Durante esas décadas surgió la Bonanza Marimbera que poco a poco fue migrando a la producción y comercialización de la cocaína. Empezando los 80 Colombia seguia en conflicto pero los narcotraficantes pasaban prácticamente desapercibidos.

Estaban ocupados en expandir su negocio y en convertirse en multimillonarios. Sus productos se consumían en el exterior.

La presión internacional no se hizo esperar y algunas figuras políticas apretaron sus tuercas morales y, convencidas de la maldad intrínseca de las drogas, se dedicaron a perseguir a algunos miembros de los carteles del país.

El ministro Rodrigo Lara Bonilla le declaró la guerra a Pablo Escobar, e inició uno de los periodos más sangrientos y tenebrosos de la historia de Colombia.

Son incomprensibles sus motivos porque para acabar con el narcotráfico lo que tenía que hacer era eliminar la prohibición de drogas, arrebatándole así tesoro y poder a bandidos.

Yo entiendo que el ciudadano común no tenga clara cuál es la solución a este problema pero, una persona que dedicó su carrera a luchar contra el narcotráfico, seguro meditó larga y tendidamente sobre el asunto. Y cualquiera que lo haga honestamente tarde o temprano se da cuenta de que el narcotráfico es un problema legal.

Es únicamente la ilegalidad de las drogas y, consecuentemente, los altos márgenes de ganancias que se obtienen con el tráfico de éstas, lo que las vincula con el crimen organizado, el terrorismo y el conflicto armado.

En 1984, Lara Bonilla murió asesinado.  

En 1986, para combatir la crisis de la guerra del Estado contra los narcotraficantes, se promulgó la Ley 30 de 1986, por medio de la cual se adoptó el Estatuto Nacional de Estupefacientes, cuyo propósito era atacar todos los eslabones de la cadena, desde el cultivo y la producción hasta el consumo.

En los antecedentes de la Ley 30 de 1986 que descansan en la Gaceta del Congreso es claro que las definiciones que distinguen estupefacientes, medicamentos y psicotrópicos están basadas en intereses políticos, sociales y económicos, no en razones científicas como se afirma en la legislación.

Se supone que la legalidad de las sustancias depende de su carácter adictivo pero, dado que ambas clases de sustancias —legales (tabaco, alcohol, Prozac, etc) e ilegales (morfina, heroína, cocaína) — son potencialmente adictivas, lo que justifica su tratamiento desigual es su estatus jurídico.  

La ley es la única responsable de la diferencia jurídica que existe entre las sustancias que ingerimos y, por lo tanto, LA LEY ES LA ÚNICA CAUSA DEL NARCOTRÁFICO.

Las cifras de la guerra

En 1999 se implementó el Plan Colombia (3). El gobierno Pastrana estableció que la lucha contra la producción y el tráfico de drogas era una de sus mayores prioridades. Dijeron que el narcotráfico era una amenaza, tanto para la seguridad nacional como para la de los otros países.

Con el Plan Colombia se implementó una estrategia antinarcóticos a largo plazo, en asociación con la comunidad internacional. En principio, Colombia asumiría el 65% del costo del programa y la comunidad internacional el resto.

La crisis del proceso de paz de Pastrana y los atentados del 9/11 llevaron a redefinir el Plan Colombia como una estrategia antiterrorista, marco ideológico que encajaba a la perfección con la política de Seguridad Democrática del presidente electo, Álvaro Uribe Vélez.

Los TERRORISTAS desbancaron a LA DROGA como enemigo primordial pero, como era su fuente de financiación principal, no perdió protagonismo.

La DROGA, el TERRORISMO, ¿qué más da? Lo importante es tener un enemigo.

¿Cómo se combate?

En la estrategia antinarcóticos ha primado un énfasis de resultados en el muy corto plazo que se inscribe en una política de reducción de la oferta. El supuesto básico de esta política es que disminuir la disponibilidad de drogas se traduce en menos personas que consumen drogas.

¿Los resultados?

A pesar de los miles de millones utilizados en destruir el territorio colombiano, de incontables riquezas naturales (4) la producción de cocaína se ha mantenido cuando menos constante, como atestigua la reducción y posterior estabilidad del precio del producto.

Por intensa que haya sido la declaración de guerra a la naturaleza, el poder de la desobediencia y de la naturaleza misma es muy superior a las políticas gubernamentales, así se emitan en la Casa Blanca.

Entre 1995 y 2014, el Estado Colombiano ha utilizado unos 28 billones de pesos (11.5 BILLONES de dólares) en la lucha contra el narcotráfico. En promedio, el 62% de este rubro se ha destinado para la reducción de la oferta, estrategia en la que ha primado la aspersión aérea de cultivos ilícitos.

Eso quiere decir que la mayoría del dinero se ha invertido en envenenar el territorio con Round Up, cuya composición incluye el glifosato y es 125 veces más tóxico que el glifosato aislado. Con la "aspersión de cultivos ilicitos" se destruyen sin cesar todas las formas de vida.

Eso lo saben desde hace años los que viven en las zonas que se fumigan. Busquen en Google: efectos del Glifosato. Advierto, las imágenes e historias de las víctimas pueden generar insomnio.

Llama la atención que la generosidad del gobierno estadounidense ha sido ampliamente recompensada. En los años más generosos el gobierno americano ha puesto el 20% del costo de la lucha antidrogas, pero recibe a cambio el triple del dinero porque… ¿a quién creen que le compra Colombia el equipo, los productos y los servicios de asesoría y entrenamiento necesarios para realizar la noble tarea de destruir el territorio Colombiano?

Este es un fraude que se perpetra en contra de ciudadanos americanos y colombianos por igual porque por la deuda pública (que incluye los regalos del gobierno) responde el pueblo, mientras que los beneficios de los contratos las reciben empresas particulares como DynCorp y Monsanto, cuyas juntas directivas están y han estado conformadas por conocidos líderes políticos prohibicionistas. Seguro es una coincidencia.

El fumigante que utilizan los contratistas de DynCorp para acabar con los cultivos ilícitos es el Round up Ultra de Monsanto, un producto que tiene efectos similares a los del infame Agente Naranja utilizado en la Guerra de Vietnam.

El bono de la generosidad tampoco es despreciable. Conocen de cabo a rabo el territorio e influencian directamente las estrategias y metas de las Fuerzas Armadas.

Un dato que los prohibicionistas suelen ignorar. Más del 40% de la población colombiana vive en condiciones de pobreza. Recientemente se presentó como un logro espectacular del gobierno Santos haber disminuido la pobreza en 1.1 puntos porcentuales entre 2014 y 2015.

Con el presupuesto que el Estado destina anualmente al “problema de las drogas” se podría sacar de la pobreza a 734.728 colombianos.

Con el mismo dinero se podría sacar de la pobreza extrema a unos 1.630.714 colombianos, el 33% de los desplazados.

Al parecer es mucho mejor utilizar ese dinero para dañar el suelo, destruir fuentes de empleo (¿cuántos campesinos no han tenido que migrar a las ciudades?), financiar la compasiva industria armamentista y comprar los venenosos productos de Monsanto, cuyos directivos sueñan con alimentar al planeta… a punta de glifosato.

El triunfo de los mercenarios

El narcotráfico es una fuente de ingresos vital para los grupos subversivos.

FARC, AUC, BACRIM, ELN, elijan el grupo que quieran. Al final, todos son mercenarios que a veces luchan entre sí y a veces cooperan para rentabilizar al máximo los negocios que comparten: narcotráfico, extorsión, secuestro, sicariato, trata de personas, minería ilegal, en fin, la lista es de lo más amable.

No importa cuántos obstáculos se erijan, no importa cuán impuro sea el producto, no importa cuántas toneladas de pesticidas se derramen encima del suelo más biodiverso del planeta: hay gente a la que le gusta comprar cocaína.

Como Colombia es uno de los 4 países en los que crece la extraordinaria planta de la coca, reverenciada milenariamente por todas las culturas indígenas de la región andina, es una ventaja competitiva que no cesarán de explotar, mientras las plantas sean ilegales, todas las mafias que depredan el país.

Entonces sí, taquillero proceso de paz, canciones de perdón y olvido, comisiones de la verdad, estudios, novelones y promesas, pero hasta que no se derogue la prohibición de drogas, Colombia no va a ser un país en paz. El botín es demasiado grande.

¿A quién le sirve que un fenómeno como el narcotráfico permee todas y cada una de las instituciones de un país?

¿Qué esperamos al llenar con oro los bolsillos de los criminales? Caos, sufrimiento y desolación, efectos que son nefastos para la población civil pero muy útiles para sus controladores.

¿No me creen? Lean a George Orwell y pongan especial atención a su novela 1984.

A la prohibición de drogas, Colombia le debe centenares de almas traumatizadas por el dolor y la miseria, más de un millón de mutilados y muertos, más de 5 millones de desplazados que viven aterrorizados y generalmente en condiciones de indigencia. Eso sin contar con todos los que han muerto o están enfermos por la intoxicación del glifosato.

Y tan cierto como que estas cifras pintan un panorama espeluznante es que muchos de mis compatriotas piensan que LA MALDAD DE LA DROGA es la responsable del caos.

Mientras los colombianos sigan dispuestos a renunciar a su libertad en nombre de la IN-seguridad nacional y mientras elijan perseguir a los narcotraficantes sin destruir la fuente del narcotráfico, seguiremos inmersos en el conflicto sangriento.

Colombia es un país precioso y la mayoría de su gente es solidaria, bondadosa y trabajadora. Es una tragedia de inconmensurables proporciones que la ley privilegie a los bandidos por encima de la gente honesta.

También es degradante el canibalismo simbólico desplegado contra las comunidades indígenas, tantas veces más humanas y respetuosas de la diferencia, infinitas veces más sabias a la hora de aprovechar y respetar los tesoros de la naturaleza.

La planta de la coca es un prodigio del mundo vegetal. Para los indígenas de los Andes es una planta sagrada. Y en lugar de estarla cultivando con amor, en lugar de utilizarla como alimento y medicina como enseña la tradición, nos dedicamos a perseguirla y destruirla.

Hace años dejé de acumular la evidencia que demuestra que la marihuana, la coca, la psilocibina, el LSD, la mescalina y la adormidera —algunas de las plantas y sustancias que agrupa la Lista I de drogas súper peligrosas de la ONU—  tienen usos médicos absolutamente extraordinarios, lo que de por sí las hace legítimas.

Cualquiera que decida investigar un poco encontrará los cientos y cientos y cientos de investigaciones hechas en el último siglo que complementan el indestructible archivo de la historia milenaria, además de consistencia de las las múltiples historias anecdóticas que constituyen evidencia del más alto nivel.

Dejé de hacerlo cuando entendí que esta era una lucha eminentemente política, racista, discriminatoria y opresiva y no una batalla científica, como se le hace creer al público.

Las leyes vigentes ponen recursos financieros ilimitados en las manos de los criminales más sanguinarios del planeta, potencian la industria armamentista, envenenan el planeta en el que vivimos, suprimen curas para diversas enfermedades –la marihuana previene y cura la epilepsia, el Alzheimer y el cáncer— y tienen a pueblos enteros marchando al compás de la defensa del enemigo.

Seguimos en grave peligro: mientras la naturaleza sea ilegal el mundo no podrá ser libre.

Aunque lo repitan incansablemente, la guerra NO es la paz.

Fuentes:

http://www.odc.gov.co/Portals/1/publicaciones/pdf/CO032052015-informe-monitoreo-cultivos-coca-2014.pdf

http://www.odc.gov.co/Portals/1/publicaciones/pdf/oferta/simci/simci04012014-precios.pdf

http://www.mamacoca.org/docs_de_base/Documentacion_cronologica_de_las_fumigaciones_en_Colombia_1978-2012.html

http://www.odc.gov.co/Portals/1/modPublicaciones/pdf/OF01012010-gasto-directo-estado-colombiano-frente-al-problema-drogas-2010-.pdf

http://www.dane.gov.co/files/investigaciones/condiciones_vida/pobreza/CP_pobrezamon_jul14_jun15.pdf

https://www.wilsoncenter.org/sites/default/files/Otis_FARCDrugTrade2014.pdf

http://www.corpwatch.org/article.php?id=1988

https://www.organicconsumers.org/old_articles/monsanto/news.php

https://jonrappoport.wordpress.com/category/mind-control/

http://marketplace.mybigcommerce.com/the-matrix-revealed/


(1) PIZARRO, Eduardo, Las FARC (1949-1966). De la autodefensa a la combinación de todas las formas de lucha, Tercer Mundo Editores, Colombia, 1991, p. 207.

(2) Esta sección está basada en un escrito de la colección de Jon Rappoport The Matrix Revealed.

(3) Introducción del Documento Oficial del Gobierno Colombiano sobre el Plan Colombia. Plan Colombia: Plan para la paz, la prosperidad y el fortalecimiento del Estado. Documento publicado en Internet por Equipo Nizkor y Derechos Human Rights
http://www.derechos.org/nizkor/colombia/doc/planof.html

(4) El territorio colombiano está bañado por dos océanos, lo atraviesa la cordillera de los Andes, tiene llanuras y desiertos, todos los pisos climáticos, está muy cerca al Ecuador, tiene una fracción muy extensa de la Amazonía y es el país con mayor biodiversidad por metro cuadrado.

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Comentarios

Imagen de Camilo Carlos

La guerra contra las drogas es genocida completamente. En un mundo en dónde se recuerda a asus habitantes diaramente la importancia de conservar a las especies, hipocritamente se impulsa la destrucción de una planta que es sustento de varias de las culturas indígenas americanas.

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