Tener una hermanita

En mi duelo con el destino mi hermanita fue mi soporte, mi arma
y la posibilidad de triunfar.

Desde que iba a cumplir un año soñaba con una hermanita.

—Mi amor, ¿qué quieres de navidad?
—Una hermanita.

—Ya va a ser tu cumpleaños, ¿quieres algo en especial?
—Una hermanita.

—Caro, vamos a tener otro bebé. Finalmente viene un hermanito.
—Una hermanitAAAAAA.
—De pronto, pero de pronto es un niño. ¿Qué nombre te gusta para tu hermanito?
—Es una hermanitAAAAAAA.

Nada me hacía cambiar de opinión. Era un caso completamente perdido.

Finalmente nació. La hermanita que tanto quería llegó. La adoré desde el primer instante, de una vez y para siempre.

Y ahora, mirando hacia atrás, mi corazón susurra una pregunta que se sale del rango de la racionalidad: ¿Será que yo, en el fondo de mi alma, sabía que mi hermanita iba a ser la persona que habría de salvarme la vida? ¿Será que yo sabía que ella iba a convertirse en ese espíritu tan amoroso, valiente y generoso, como para sacrificar algo tan preciado, por mi?

Porque siendo muy sincera, lo único bueno de vivir un trasplante es ver que este mundo plagado de hipócritas, mentiras y cobardes, también es un mundo habitado por personas extraordinarias y valientes, que están dispuestas a entregarlo todo por lo que aman.

Mi hermana me dio un regalo inmortal, un regalo que llegó a vivificar un cuerpo que estaba convaleciendo, un regalo que por toda la eternidad habrá de alumbrar los caminos y sentimientos de mi alma.

Ella, que estuvo llena de dudas, que tambaleó por momentos, que tuvo que dominar uno a uno los temores que la envenenaban, al final venció y lo hizo. Ella fue mi donante.

Durante todo el proceso, cuando me preguntaban quién me iba a dar el riñón, yo contestaba que alguna de mis hermanas.

La respuesta que más oí, que nunca dejó de sorprenderme, fue, “claro, ¿cómo no lo van a hacer?”.

Para mi era todo menos claro. Como les dije a mis hermanas, a mi me gustaría pensar que yo haría lo mismo por ellas, que estaría dispuesta a someterme a que me escarbaran de pies a cabeza en un hospital y a que me rebanaran una parte esencial, si con eso pudiera mejorar la vida de ellas.

Me gusta pensar que lo haría pero la verdad es que no tengo ni idea, porque afortunadamente nunca he estado en esa situación. No es tan obvio que uno le done un riñón a nadie, por hermana de sangre y del alma que sea.

Hay que ver cuántas personas existen capaces de dejarse intervenir como lo hizo ella y de no lanzarse de la camilla en el momento en el que la estaban llevando a la sala de cirugía.

Por eso puedo decir, con todo el orgullo que tengo, que es un verdadero privilegio conocer un amor tan desinteresado, un acto tan valeroso y un alma tan noble, fuerte y prístina. Un alma que me mostró con sencillez y precisión que vivir significa estar dispuesto a morir por lo que verdaderamente amamos.

No sé si algún día encontraré las palabras que puedan transmitir todo lo que significó para mí. No sé si algún día podré decirle acertadamente a mi hermanita lo épico que fue lo que ella hizo por mí y lo inspirador y fantástico que es tenerla en mi vida.

La cirugía fue toda una historia. Me desperté de la anestesia eufórica y radiante, dichosa por haber sobrevivido, y repitiendo como un mantra: BIENVENIDO; BIENVENIDO; BIENVENIDO.

Los meses que la antecedieron fueron una guerra de nervios en los que no me atrevía a pensar en lo que tenía por delante, en los que me faltaba el aire cuando pensaba en que iba a estar completamente vulnerable, internada durante días en una clínica, a merced de enfermeras y médicos.

Me desperté y vi que había sobrevivido. Entendí que no había sido capaz de mirar el terror que me generaba la cirugía y que, aliviada, me reía porque había quedado atrás.

Tener que pasar por un trasplante es una experiencia que no le deseo a nadie. Hay demasiada angustia, demasiado sufrimiento, demasiado temor.

La cirugía es súper dolorosa. La cirugía del donante es bastante peor. Los efectos de las drogas pueden volverte loca. Es un reto físico, pero es un reto mental en un nivel muy superior.

En mis peores momentos he tenido que enfrentarme con la rabia y con la infinita culpa por no haber podido descubrir antes las patrañas, por no haber sabido leer las señales, por haberme dejado engañar y por querer creer que para los demás la verdad también está en la esfera del honor de la humanidad. Esos momentos me han trastornado y me han arrastrado por las tinieblas del alma.

He revivido afligida las idas al consultorio y los momentos en los que me sentaba en la camilla y me quitaba el saco para que la asistente del ginecólogo pudiera inyectarme el contenido de una vacuna que— a mis 22 años— todas las veces me hizo gritar.

He añorado tantas, tantísimas veces, poder devolver el tiempo y evitar esa masacre interna en la que mis riñones serían la víctima principal.

Pero no puedo hacerlo. No puedo devolver el tiempo. No puedo deshacer lo que hecho está.

Lo bueno es que son sólo momentos y cada vez visitan menos.

Lo bueno es que cada vez tengo más presente que por duras que sean las pruebas, aunque por instantes el cuello se cierre y la mente divague temerosa y angustiada, siempre existirá la posibilidad de que una hermanita preciosa llegue a revelarte, en un único acto total, lo indestructible que es la fuerza del amor y el infinito poder que tiene para transformar una existencia.

Es posible que en el lugar menos esperado te sean revelados algunos de los secretos de la vida.

Lo increíble es que en mi duelo con el destino tuve una aliada que se convirtió a la vez en soporte y arma.

Y triunfé.

Porque mi hermanita, esa hermanita tan adorada, tuvo las agallas de amordazar sus miedos y enfrentar con coraje el riesgo al que, teniendo un bebé de seis meses, se estaba sometiendo.

Ella supo entender que la seguridad no es más que una quimera y que todo lo que importa implica un riesgo. Todos moriremos algún día, lo que importa es cómo y por qué.

Hoy, seis meses después de las cirugías, celebro con gratitud, humildad, felicidad y muchísimo amor que mi hermana y yo estamos vivas.

¡Vivas!

VIDA. Qué palabra. Qué tremenda oportunidad.

Una de las grandes lecciones de vivir una experiencia tan brutal es entender que aunque no hay absolutamente nada que podamos hacer para cambiar el pasado, sí podemos cambiar el futuro.

Y yo quiero cambiar el futuro. Yo sueño un futuro de aventuras, triunfos y proezas, en el que la Humanidad pueda recordar lo que es, el infinito poder que tiene y las posibilidades que puede crear.

Yo escribo porque escribir también es mi apuesta por un futuro mejor.

Escribo porque sé que todo lo que he aprendido ha servido y servirá para cambiar, para bien, el rumbo de algunas vidas. Y esa es la forma de conseguir un futuro mejor.

Escribir es mi propia revolución.

No tengo la certeza de que lo que escribo sea algo que interese a los demás, que los haga pensar o que los haga ver lo que nunca han visto. No puedo estar segura. 

Pero estoy segura de que existe la posibilidad. Y como con tanta sabiduría me enseñó mi hermanita, es por la posibilidad por la que vale la pena apostar.

Vivir no es más que la oportunidad que tenemos para convertirnos en lo que queremos ser y luchar por lo que nos parece importante.

La certeza es completamente irrelevante. Vivimos por la posibilidad.

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Comentarios

Imagen de Ivette

Hermoso, espectacular, conmovedor, gratificante, reconfortante y lleno de esperanza, amor y gratitud. ¿Qué más se puede pedir?

Imagen de Gloria Cardenas

Conocer los intringulis de la historia me permite entender con el corazón el contenido y profundo sentimiento de tu escrito. Definitivamente el mayor acto de amor de una mujer para con su hermana en riesgo vital. Para mi, ella una heroína y tú una triunfadora. Aplausos para las dos!!!

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