Inventarse la vida: el juego de la realidad

Por: Carolina Contreras

De repente, me enfrenté a un trasplante.
Un trasplante o mi vida.
Un trasplante en manos de un sistema que aborrezco.
Sentía traquearme los huesos de las costillas.
Veía como cada día tenía la sangre más negra y más espesa.
Sabía que así no podía seguir.

Empecé a admitir la idea del trasplante.

Y mi hermanita, mi hermanita preciosa aceptó.
Y se lanzó.
Porque el amor es así de inmenso.
Porque el amor es así de intenso.

Sobreviví, me recuperé y empecé a vivir lo que me estaba pasando. Empecé a entender lo que me estaba pasando.

Tenía un riñón impresionante que funcionaba de formas perfectas pero yo no podía pensar ni sentir con claridad. No podía dormir, no paraba de sudar, no paraba de llorar. Porque no me gustaba el color de las flores. Porque la fila era muy larga. Por cualquier insignificancia.

Le dije a todos los médicos pero para ellos era normal, apenas esperado. El riñón estaba funcionando muy bien y eso era lo único que importaba.

Tenía un riñón perfecto pero yo ya no era yo. Así no sentía la vida. Así no sabía vivir.

Empecé a leer y a investigar. Abrí todos los prospectos que juré ignorar antes del trasplante. Leí cada una de las líneas escritas por los fabricantes de las drogas. Leí los estudios que se habían hecho al respecto. Leí las reclamaciones a la FDA.

Entre más leía, más me cajeaban los dientes.

Y entre sueños apareció esa línea que alguna vez escribí: “Es hora de reinventar lo que significa tener coraje”.

Coraje. Qué palabra tan potente. ¿Qué vienes a reclamarme?

Pocos saben lo que implica la lista de medicamentos de un trasplantado.

No sé si existan los estudios porque no los he buscado, pero, por lo que he visto, diría que entre los adultos más del 50% toma algún tipo de medicación psiquiátrica: ansiolíticos, antidepresivos o drogas para dormir.

Sé, por lo que me dijeron las mamás de niños trasplantados, que ven cosas terribles en sus hijos: que no paran de rascarse y de temblar. Que no entienden por qué se comportan como lo hacen. Que las infecciones no los dejan en paz. Que lidian constantemente con los inmunosupresores y con quimioterapias adicionales para combatir el cáncer.

Te lo advierten: “Si te llega a dar cáncer no te preocupes que nosotros te lo sacamos bien rápido”.

Yo tenía 33 años cuando pasé por el trasplante. Ya era escritora y profesora y no encontraba las palabras que pudieran transmitir lo que me estaba pasando. Lo que sí podía decir, suficientes veces fue ignorado.

Más allá de que no dejan dormir, de no dejar comer, de hacer temblar y sudar como un caballo asustado, más allá de los problemas que les generan a los órganos que se supone protegen, los efectos más sutiles de esas drogas, y los más impactantes, son los que constriñen el espíritu.

Invisibilizan los matices de la complejidad humana. Vuelven elusivo el mundo de las ideas, las emociones y los sueños. Impiden desplegar las habilidades profundas de la mente y opacan el sentir del alma.

En la unidad de trasplantes, en esas habitaciones en las que estábamos los que teníamos órganos regalados, en las noches oía los llantos desesperados de los bebés que tampoco dormían. Me asfixiaban sus melodías compuestas. Yo compartía su dolor, su miedo y su incapacidad para modular la embestida de las drogas que inundaban nuestros cuerpos.

Yo, a diferencia de ellos, tenía la capacidad de indagar en las posibilidades.

Y lo que encontré es que en esa esfera del conocimiento tan naciente, como en todas las demás, hay alternativas.
Y si nadie te las muestra, tienes que encontrarlas.
Y si buscas y no encuentras, tienes que crearlas.

Junio de 2020

En junio del año pasado empecé a sentir pequeñas inflamaciones en mi cuerpo. Antes del trasplante en 2016, los tobillos, los dedos de los pies y los ojos, eran mis puntos álgidos. En junio, cuando sentía llegar la inflamación, revisaba esos puntos y al verlos desinflamados, quería pensar que no estaba pasando. Y decidía pensar en otra cosa.

Entendí que así funcionamos. Elegimos ciertas señales, ciertos puntos y pasamos lo demás por alto. Si nuestros señuelos funcionan, pensamos que el todo funciona.

Cuando volcamos nuestra atención exclusiva en esos puntos que disfrazamos del todo, nos perdemos en lo que podemos ver porque lo reducimos. Y cuando reducimos, nos engañamos.

Llegó el momento en el que ya no lo pude negar. Me desperté a las 3 de la mañana temblando, con un cinturón de agua alrededor del ombligo, las manos hinchadas y la tensión disparada. Todos mis demonios desbocados sin piedad.

Llamé a mi trasplantólogo. Me dijo que no me preocupara, que tomara diuréticos y que si seguía mal, lo volviera a llamar en una semana. Estábamos en plena Pandemia y ya era claro que la atención médica para temas diferentes al covid, había quedado a un lado.

Colgué camino a la clínica. Tenía que ver qué estaba pasando. La creatinina estaba perfecta pero el parcial de orina mostraba 500 mg/dl de proteínas y tenía la velocidad de sedimentación globular en 43. Demasiada inflamación interna.

Le mandé los resultados al médico y me dijo que tenía que hacerme una biopsia por el nivel de proteínas. Antes de la Pandemia las biopsias eran ambulatorias, pero todo había cambiado y me iban a hospitalizar 3 días.

Me citaron a las 6 de la mañana, completamente en ayunas, y a las 5 de la tarde todavía no me habían hecho la biopsia. Eso sí, apenas me pasaron a la habitación me pusieron corticoesteroides intravenosos. Finalmente, cuando me llamaron, me atendió una residente sin supervisión. Casi me desmayo, porque una biopsia en un trasplantado es un tema excesivamente delicado, pero no lo supe manejar porque estaba drogada y llevaba todo el día sin tomar ni comer nada.

El efecto que tienen los corticoesteroides en mí es como se ven las sobredosis de cocaína.

Salí de la biopsia llorando aterrorizada, inmunosuprimida y en medio de “pacientes-covid”. Todo en la Cardioinfantil era absurdo.

Al día siguiente, estaba hablando con mi hermana cuando entró mi trasplantólogo con su comitiva. Me saludó y sacó su teléfono para que oyera el mensaje que le había mandado el patólogo. Todas sus palabras eran alegres y portadoras de buenas noticias. Muy poca inflamación y ningún indicador de rechazo.

¡¡¡¡¡NINGÚN INDICADOR DE RECHAZO!!!!!!

Empecé a llorar de alegría, abriéndome, procesando, embriagada por la dicha.
Mi intuición tenía razón, ella sabía lo que hacía.

LLEVABA TRES AÑOS SIN MYFORTIC Y UNO SIN TACROLIMUS Y NO HABÍA NINGÚN INDICIO DE RECHAZO.

En los trasplantes todo se trata de evitar el rechazo. Todo lo que me dijeron, todo lo que oí, todo lo que leí, afirmaba que los inmunosupresores eran la única alternativa.

¿Qué podía hacer?
¿Resignarme y aceptar?

Apostarle a lo que todavía no existe

Fui profesora 14 años. Aunque me encantaría seguirlo siendo digo fui porque —como dice mi hermana— sólo lo volveré a ser en el futuro postapocalíptico cuando haya ganado la humanidad y no obliguen a la gente a usar bozal en los salones universitarios.

Los últimos semestres que lo fui, independientemente del título de la clase, hablé sobre lógica e imaginación, porque yo quería darles herramientas a mis estudiantes para que pudieran ser lo que quisieran ser.

Una idea que me seducía y que pude transmitirles a algunos, es que el truco de la vida está en inventar realidades diferentes a las que inventan los demás. No es un truco fácil. Surge al entender que mi imaginación es diferente a la de los otros y que entre más rara y diferente sea, mejor.

Es la forma de romper con las sugestiones.
Es la forma de cortar las repeticiones.
Es la forma de crear la propia vida.

La imaginación nos habla del potencial creativo, del poder creador, del artista que habita en cada uno y que anhela expresar lo que es y lo posible. El que puede crear la realidad que desea porque la puede concebir y concretar, porque tiene la capacidad para hacerlo.

Nuestra capacidad como seres humanos es que podemos hacer que surja algo que no existía. Podemos hacer que los pensamientos sucedan, que se conviertan en algo tangible y claro. Podemos crear.

Lo increíble es que cuando nos lanzamos a vivir a través de la imaginación, las cosas empiezan a organizarse.

Cuando te lanzas a trabajar alrededor de una idea e inventas realidades nuevas, si lo haces todos los días, el subconsciente empieza a salir a través de lo que haces y ofrece una serie de alternativas.

El verdadero poder personal empieza cuando eres capaz de hacer consciente el inconsciente.

Inspirada por la forma como se estaba transformando mi vida y con la ayuda de Cielito Becerra, encontré nuevas formas de navegar en mi inconsciente profundo. Pude ver mi excesivo control y la falta de confianza que me dominaba por creer que no merecía ser amada.

Así pude entenderme mejor. Así solté por qués que me agobiaban y me hacían sentir defectuosa e incompleta. Cambié las preguntas. Transformé los por qués en para qué. Y nuevas percepciones llegaron a mi vida.

¿Para qué viví lo que viví? Para entender cómo funciona el cuerpo. Para saber encontrar cómo recuperar a mi sobrino. Para aprender y experimentar en mí y conocer los efectos de lo implementado y atreverme a probarlo en un chiquito que no hablaba, pero que yo quería ayudar con todas las fuerzas fulgurantes de mi alma. Aprender para ayudar a Fede y ver cómo se recuperaba y poseer la certeza vital de que todo es posible, que todo se puede regenerar.

Lo viví para entender que el amor es la vibración más elevada.

El amor me ayudó a encontrar el coraje para confiar en mí y confiar en la vida. Intuí la posibilidad. Le aposté a lo que no existía pero que sabía que podía inventar.

Y…

¡¡¡¡¡LO INVENTÉ!!!!!!

INVENTÉ UNA VIDA EN LA QUE TENGO UN TRASPLANTE Y NO TENGO QUE TOMAR INMUNOSUPRESORES QUÍMICOS.

En algún momento entendí que aunque no tuviera controladas todas la variables, aunque la sorpresa fuera protagonista, podía lanzarme. Y que podía dejar de temerle al caos porque en mí vive la posibilidad de organizar el caos.

Convertir al caos en aliado me ha hecho sentir que ya me puedo morir tranquila, que pase lo que pase es cierto que llevo dos años sin inmunosupresores, que tengo un trasplante y descubrí cómo vivir sin el sistema alopático de medicina, porque pude ver que la dieta y el uso sagaz de las plantas y los elementos transforman el cuerpo en el que existimos.

Esa transformación, esa posibilidad de transformación, es un recurso del que todos disponemos. Podemos descubrirlo. Podemos aprender a usarlo.

Para descubrir hay que estar dispuesto a ponerse en peligro.

No es posible crear conocimiento sin asumir riesgos. Hay que confrontar el miedo. Hay que abrazar la vulnerabilidad y dejar de esconderla.

Yo tengo que trabajar constantemente el miedo a ser tan vulnerable.

En mis mejores momentos me siento plena y llena de energía, me dominan las ganas de amar y de vivir y de compartir todo lo que he aprendido.

En mis peores momentos me toco las piernas y las rodillas buscando inflamaciones, analizo detalladamente la textura de la orina y me quedo pensando si las ojeras son el resultado de mi edad, de mi delgadez o si es agua acumulada, netamente entrometida.

Así es la sanación. Por mucho que queramos que sea un proceso limpio, ascendente y angelical, lo rige el caos con sus bajadas y subidas.

Lo que sí tenemos que saber es que la recuperación es posible. Tenemos que anidar esa certeza en nuestro corazón. Así podemos trabajar para que pase.

Cuando esa certeza invadió mi ser pude abrazar la capacidad para inferir, abstraer y succionar lo que me sirve, avivando ese fuego vital que enardece mis intenciones y deseos, mis ganas de amar la vida y de estar dispuesta a vivir con lo que implique, pero vivir con pasión y lealtad a mi alma.

Finalmente comprendí que mi vida surge de mí y que yo soy la única responsable de la creación de mi realidad. Así encontré el coraje para apropiarme de MI VIDA.

Y cuando lo hice todo empezó a organizarse, empecé a imaginar posibilidades arriesgadas pero tangibles y vislumbré formas para implementarlas.

La biopsia de julio de 2020 confirmó que el cannabis, ese inmunomodulador bendito que crece y reverdece en nuestros bosques y huertas, es capaz de sostener un trasplante.

Los exámenes de laboratorio que me he tomado este año, y el optimismo y energía que me han acompañado, hablan de una recuperación que no me atrevía a soñar pero que está pasando. Nuevos descubrimientos han ayudado a que pase. Es mi nueva realidad y una que satisface a mi espíritu salvaje, el que quiere vivir la vida que quiere, no la que se le impone.

Este triunfo que comparto con ustedes podría interesarle a los trasplantados, a los inmunosuprimidos, a los que padecen enfermedades autoinmunes. A los que se enfrentan a las diferentes formas de autismo y a los que tienen cáncer. Si funciona en mí, puede funcionar en todos.

Agradecer

Jamás imaginé que llegaría el día en el que escribiría las palabras que voy a escribir.

Quiero agradecerle a mi enfermedad por el camino de aprendizaje que ha sido. Porque me ha dejado ver quién soy. Porque me ha mostrado de lo que soy capaz. Porque me ha permitido sacar mi voz arcana. La que sabe quién soy yo. La que está a mi servicio y, a través de mí, de toda la humanidad.

Quiero agradecerle y decirle que ya no la necesito. Que quiero explorar nuevas formas de aprendizaje.

Ahora siento que tengo que concentrarme en mi corazón, en abrirlo, dejarlo hablar y dejarlo ser. Y siento que debo expandirlo.
Por eso invoco la expansión. La invoco porque quiero expandir lo que soy.
Quiero expandir lo que quiero ser.
Quiero expandir lo que puedo ofrecer.
Quiero expandir lo que he descubierto.

Mi mayor creación —mi propia vida— es ese gran espacio en el que he podido estudiar, experimentar y entender. Es en mi propio cuerpo donde he probado cada una de mis conjeturas; ha sido mi cuerpo el laboratorio elegido cuando estoy segura de que hay que intentarlo.

Como todo lo he aprendido desde adentro estoy segura de lo que ya sé. Quiero poner al servicio de la humanidad, los animales y la vida todo el conocimiento que he podido acumular. Quiero seguir construyendo vínculos con personas que recorren paralelamente estos caminos tan preciados para mí, para que podamos transformar este planeta hermoso y convertirlo en el lugar que nos merecemos.

Se vale apostar por lo que todavía no existe. Apostar por lo que nos vamos a inventar.

¿Qué se quieren inventar?

Carolina Contreras

www.verdebendita.co
www.lapapeleta.com

Suscripción

Suscripción

Si te gusta lo que leiste, suscríbete para recibir los artículos en tu correo.
Adoro la privacidad y nunca revelaré tus datos.
Por favor agrega info@lapapeleta.com a tus contactos, para asegurarte de recibir los correos.
Muchas gracias por suscribirte.

Añadir nuevo comentario

Plain text

  • No se permiten etiquetas HTML.
  • Las direcciones de las páginas web y las de correo se convierten en enlaces automáticamente.
  • Saltos automáticos de líneas y de párrafos.
CAPTCHA
This question is for testing whether or not you are a human visitor and to prevent automated spam submissions.