VerdeBendita

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Por: Carolina Contreras

Siento que mi trasplante fue un ensayo; un camino intenso de preparación y aprendizaje. Yo tenía que aprender, tenía que entender… para saber cómo encontrar lo que podría ayudarlo.

Me acuerdo del post que vi en uno de los grupos sobre autismo. Era una epidemia que me atormentaba. Me había intrigado desde que empecé a entender los efectos de las vacunas, la comida genéticamente modificada y la radiación.

Y ese post me petrificó. Porque describía a Fede. A mi sobrino. A mi Fede.

Sin inhalar del todo, repasé mis temores más callados.

Los últimos datos oficiales que había analizado mostraban que 1 de cada 28 niños está diagnosticado como autista, que 1 de cada 6 padece una discapacidad del desarrollo y que el 50% padece una enfermedad crónica. Podía pasarle a cualquiera.

Fede tenía 21 meses y aunque decía una que otra palabra suelta, todavía no hablaba.

No solo no hablaba. Después de los 8 meses no había vuelto a decir palabras nuevas; desde el trasplante no volvió a pasar una noche de largo y, más bien, cada vez se despertaba más; tensionaba la mandíbula; con frecuencia tenía diarrea o su estomaguito estaba a punto de estallar.  A veces, cuando se ponía bravo, se pegaba en la cabeza. No señalaba. Caminaba en puntas.

Cuando lo asimilé, hablé con mi hermana.

Lo negó con fervor. Su bebé estaba perfecto. No veía nada que la preocupara.

Pasa. Te niegas a verlo. No sabes cómo lidiar con la perspectiva de la posibilidad. Crees que si no miras podrás evitar la crueldad de la sentencia.

Te niegas a verlo porque cuando lo ves te destroza. Sientes que no vas a soportar ese nivel de vulnerabilidad. Te atosigan imágenes con presagios de un futuro incierto y lleno de peligros. Te doblegan preguntas sin respuesta que hilas en la agonía extrema de las noches.

Una de esas noches mi hermana le dio una gota de aceite de cannabis para ver si dormía mejor. Durmió horrible, especialmente intranquilo, pero esa semana dijo sus primeras palabras nuevas.

Ahí recordé que el cannabis es un neurorregenerador y que nuestro cuerpo tiene recursos disponibles para sanarse; que es cuestión de que entendamos cómo cuidarlo: qué debemos darle y qué debemos quitarle para impulsar el proceso. Empecé a investigar.

Fue fácil descubrir los increíbles resultados que el cannabis había tenido en algunos niños con autismo. Es una planta que puede desinflamar, proteger y regenerar el estómago y el cerebro. Justo lo que se necesita.

Empezamos a usar cannabis.

Fede cada día hablaba más, contaba los números hasta 100 en español y en inglés y hasta 20 en italiano. Ya se había aprendido decenas de nombres y lugares, reconocía canciones oyendo la primera nota y nos hablaba construyendo asociaciones que poco a poco aprendimos a integrar y esperar. Reconocía de inmediato lugares en los que sólo había estado una vez, mostrando a sus dos años un nivel de orientación que yo jamás llegaré a tener.

Para sus 26 meses decía unas 400 palabras y algunas frases memorizadas, pero no había indicios de conversación.

Una cita bastó para que la pediatra asustara a mi hermana diciéndole que Fede estaba muy chiquito para usar cannabis.

Aunque seguía siendo un niño carismático y alegre, para los 30 meses empezaron los movimientos repetitivos y las vueltas interminables. La caminada en puntas se intensificó. Algunas veces estaba ido, en otra parte. Otras, estaba especialmente irritable. Otras, estaba agresivo. Otras, no paraba de tirar cosas por el aire.

Mientras tanto, yo estaba aprendiendo con las que saben: con las mamás. Ellas habían rastreado con desparpajo pistas cifradas y desperdigadas, habían acumulado datos para encontrar tendencias, habían usado sus resultados para ayudar a sus hijos a tener una vida más plena y amable; ellas sabían cómo guiar y encontrar respuestas.

Llegó el momento de la aceptación. Llegó el día en el que mi familia pudo ver que con Fede algo no cuadraba. Y ese día pudimos empezar la dieta con rigor. No más gluten, no más lácteos, no más azúcar y no más comida procesada. Aunque fuera “orgánica”.

Ese día pude volver a hablar del cannabis y de las posibilidades que ofrecía. Ahí ya lo tenía claro. Hablé de tipos de plantas, de terpenos y de extractos de planta completa. Hablé de oleatos en aceite de oliva. Hablé de cannabinoides ácidos.

También hablé de células madre y poco tiempo después descubrí el Protocolo Nemechek (un protocolo genial para recuperar el cerebro, que tiene la increíble cualidad de que todos sus componentes son legales, en todas partes).

El conocimiento es poder. Y en estos días en los que reina la confusión con respecto al cuidado del cuerpo y las enfermedades, es fundamental estudiar las fuentes valiosas de información a las que accedemos, esas que pueden cambiar nuestra suerte.

Porque el autismo es daño cerebral. Es un daño estomacal tan severo que genera daño cerebral. Y si entendemos que es un daño anatómico, un daño que se puede reparar, podemos encontrar la forma de hacerlo.

Es muy diferente el panorama de “Es genético y no se puede hacer nada” versus “El daño existe, pero el cuerpo puede sanar. Tenemos que encontrar la forma de cuidarlo para que pueda sanar”.

¿Qué podemos lograr?

A mediados de enero de 2019, Fede llevaba dos semanas tomando aceite de pescado cuando hizo sus primeros dibujos. Una tarde nos entregó un instrumento a cada uno y nos congregó en la sala, para tocar su canción favorita. Sus ojitos reían a carcajadas y bailaba dichoso, dirigiendo el tempo de su orquesta. Pocos días después dio su primer salto. Empezó a jugar con mis tíos y primos. Jugó por primera vez con otros niños en una piñata y participó en las actividades de la fiesta.

En octubre de 2019 estuvieron listos los primeros aceites que preparé para Fede. Empecé a usarlos y, al ver lo que hacían, decidió hablar mi intuición. O, tal vez, yo decidí oírla.

¿Dónde habita la intuición que nos guía y nos da fuerza para confiar y seguir el camino del corazón?

¿Cómo es que llegamos a hacerle caso, y atinamos, y logramos transformar nuestra existencia?

Todavía estoy entendiendo cómo lo hacemos pero sé que se puede hacer, porque lo hice.

Tengo un trasplante renal desde hace 4 años y llevo años sin inmunosupresores.

Descubrí que es posible manejar un trasplante con artemisa y cannabis.

Hice lo que tantos dijeron que era imposible.

En noviembre del año pasado Fede pasó al colegio grande. Es un niño espectacular.

ES UN NIÑO RECUPERADO.

VerdeBendita es nuestra ofrenda para el mundo. Para el mundo que soñamos cada instante. Para el mundo que habitamos cada día.

Cuando soñamos abiertamente y le damos voz al corazón del alma es cuando la existencia se hace realidad, cuando empezamos a convertimos en lo que debemos ser.

VerdeBendita es nuestra VERDAD.
Es la forma en la que se concreta nuestra idea de SALUD.
Es la forma en que se manifiesta nuestra idea de LIBERTAD.
Es la forma que inventamos para proteger la VIDA.



Carolina Contreras

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